Alberto Barrera Tyszka: Al día siguiente, la crisis sigue allí

Alberto Barrera Tyszka: Al día siguiente, la crisis sigue allí

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El resultado de las elecciones del domingo en Venezuela no ofrece ninguna sorpresa: nada cambia para que todo siga empeorando. En un país donde la hiperinflación puede superar este año una tasa de 13.500 por ciento, un presidente con 82 por ciento de rechazo obtiene sin embargo el 68 por ciento de los votos. A esto, Nicolás Maduro le llama una “victoria popular”.

En realidad, se trata de un espectáculo mediocre que ha perdido ya toda su eficacia. El gran protagonista de la jornada de ayer fue el vacío. La cifra de abstención, la más alta en la historia del país, y la inmensa cantidad de irregularidades denunciadas hicieron aún más evidente la ausencia de representación política que tiene la urgente crisis que vive el país.

Durante muchos años, Hugo Chávez justificó la construcción de un modelo de gobierno cada vez más personalista y autoritario con las elecciones. Así fue rediseñando el Estado y la sociedad venezolana, enfrentando cualquier cuestionamiento con los eventos electorales. Paradójicamente, Chávez utilizó el voto ciudadano para militarizar la sociedad.

Usó su popularidad para saquear la democracia. ¿Cómo podían acusarlo de caudillo o de tirano si, en el país, cada dos por tres había votaciones? La fórmula era simple pero eficiente, lograba funcionar como argumento. Todavía en estos tiempos, cuando el sistema electoral venezolano ya no tiene ninguna credibilidad, personas como Rafael Correa, expresidente de Ecuador, siguen apelando a la misma simpleza: “Nunca había visto una dictadura con tantas elecciones”, afirmó, con obvia intención irónica, este fin de semana en Caracas.

Pero los tiempos han cambiado. Ya nada es lo mismo. Hace tiempo que los herederos de Chávez gobiernan sin pueblo y con represión, sin ley y con trampas. Ya la ecuación no tiene asidero. Lo que se vio este domingo no fue una fiesta de participación popular, sino una secuencia triste de los acarreados, de aquellos que la maquinaria del partido lleva a los centros de votación, bajo la promesa de un bono o bajo el miedo o la amenaza de que si no votan perderán el acceso a la comida y a las medicinas que otorga el Estado. La expresión popular del voto ha sido sustituida por la obligación puntual de quienes necesitan el Carnet de la Patria para poder vivir. El espectáculo de las elecciones ya no da más.

En el fondo, este domingo solo se confirmó la derrota definitiva del voto. Como ilusión, como experiencia de poder, como instrumento de cambio.

Pero por otro lado triunfó una empresa delictiva que ha comprado a los árbitros, ha privatizado a los tribunales y a las Fuerzas Armadas, y explota la pobreza ajena para poder seguir disfrutando de los privilegios del poder.

No hay posibilidad de realizar unos comicios en el país mientras el partido de gobierno siga controlando al Consejo Nacional Electoral, al Tribunal Supremo de Justicia y a los militares.

Así como José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del gobierno español, mintió al asegurar que las condiciones electorales de ahora eran iguales a las que había en 2015, ahora vuelve a hacerlo cuando señala que el resultado de este domingo “abunda aún más” en la necesidad de un “proceso a fondo, urgente, de diálogo político”. Rodríguez Zapatero ha actuado como un mercenario. Primero, al legitimar a un gobierno que inhabilitó, ilegalizó y hasta encarceló a sus adversarios; después, al validar el chantaje a la población, la compra de votos y —finalmente, como si no hubiera pasado nada— al proponer una nueva negociación entre el chavismo y sus víctimas.

A partir de hoy no comienza nada nuevo. Pero seguirá la guerra sin cuartel de una élite enquistada en el poder contra la mayoría de los ciudadanos de Venezuela.

“Llamo a todos los venezolanos, tu voto decide: votos o balas, patria o colonia, paz o violencia, independencia o subordinación”. Con estas palabras, el domingo en la mañana, el presidente trataba de entusiasmar a los votantes. No tuvo mucho éxito. Entre otras cosas porque ya se sabe que el voto no decide nada y que, después de la Operación de Liberación del Pueblo o de la venta de petróleo a futuro a China y a Rusia, también se sabe que un gobierno de Nicolás Maduro significa balas, violencia, coloniaje y sumisión. La única expectativa que los venezolanos podemos tener frente a Maduro es sobrevivir. El problema está en las expectativas que hay frente a los distintos liderazgos de la oposición: ¿tienen algún plan? ¿Qué pueden y qué quieren hacer? ¿Cómo van actuar de aquí en adelante?

Tanto aquellos que optaron por participar en las elecciones como quienes eligieron abstenerse están obligados a compartir el fracaso de la democracia con todos los ciudadanos. El único diálogo posible y necesario es entre los diversos sectores que conforman la oposición. No es solo un problema estratégico: es una exigencia histórica.

Como era previsible, ya comenzaron a aumentar las presiones internacionales. Los dirigentes de la oposición están cada vez más obligados a negociar entre ellos mismos. Se requiere redefinir qué es la oposición. Es necesario que logren un acuerdo, ya no a partir de sus propias visiones y versiones de lo que ocurre, ya no a partir de sus intereses y de sus ambiciones personales o partidistas, sino a partir de las realidades concretas de la gente. Hay que articularse en las luchas reivindicativas y buscar los espacios donde no puede llegar el control oficial. Hay que buscar, generar y construir poder desde abajo.

Nada cambia y todo va a empeorar: el único destino político posible de la oposición está en pensarse y organizarse desde las angustias y las luchas de los ciudadanos. Hay un país que ya no cree en el voto pero que sí cree en la esperanza, que sí está desesperado por salir de la crisis. Un país que anda urgido de política.

Alberto Barrera Tyszka / The New York Times

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