Alexis Andarcia: La contrarrevolución de la familia

Alexis Andarcia: La contrarrevolución de la familia

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Cuando la incertidumbre se hace dueña en nuestras vidas. Cuando la realidad es tan real que se sueña en pesadilla. Cuando la mano extendida es poca y la angustia es tren que se desboca.

Existe un espacio. Colectivo e individual al mismo tiempo. Concertado ancestralmente. De alguna manera, una especie de equipamiento bio-químico- social para darse un propósito y sobrevivir, en las horas menguadas.

De las necesidades de la vida por mantenerse viva. De los mecanismos de defensa por continuar y darle un sentido al haber nacido, surgió eso que hemos convenido en llamar “familia”.

Algunas teorías como el materialismo histórico, se centraron en su origen social, otorgándole un papel fundacional a la propiedad. No dudo que mucho de ello pueda haber. Sin embargo, me resulta corto y poco, para interpretar “la familia”. Algunos comportamientos de miembros, pertenecientes al consenso “familia” requieren tratamientos mas amplios.

Ese espacio consensuado que es la familia, pareciera activarse con mayor fuerza en aquellos momentos donde se interpreta como “final del tunel”. Allí, donde por lo general, está Dios, también está “la familia”.

Como no se trata de una oda a “la familia”, debemos tomar nota de los terribles encantos, de los fieros sucesos que, también suceden en ese espacio. Momentos que, precisamente, acuñaron la frase “no parecen familia”. Con lo cual, se reafirma el valor positivo…”familia es familia”.

Hay relaciones de amor y amistad que llegan a cumplir los requisitos afectivos de dicho consenso; relaciones con personas extrañas que, hacemos acreedoras y conferimos los códigos y emociones que interpretamos en la palabra “familia”: afecto, responsabilidad, sangre, deber y trascendencia.

Llegado a éste punto, me permito una conclusión: el comunismo chocó y fracasó en la familia.

Podría citar ejemplos emblemáticos como aquellos hombres y mujeres que murieron ametrallados tratando de saltar el muro de Berlín, para reencontrarse con su familia. Aún, a sabiendas de la posibilidad de la muerte, intentaban romper la aberrante edificación, llevada a cabo por los burócratas del sistema comunista.

Los proyectos totalitarios, difícilmente hayan enfrentado una resistencia mas pertinaz que la que se genera en el espacio consensuado de la familia.

Venezuela hoy, es ejemplo. En los intensos y extenuantes peregrinajes por obtener comida; en los despliegues solidarios de compartir lo encontrado; en el sacrificio diario por enviar los niños al colegio; en lo vaivenes fronterizos y las mesadas desde el exterior. En las vidas dejadas en las aceras. Allí está el valor “familia” activado y en trascendencia.

Como un dique para contener la bestia que habita en los seres humanos y que, cada determinado ciclo, aparece.

El Estado siempre ha competido con el espacio consensuado de la familia. Por lo general, con resultados adversos. Pero, en los sistemas totalitarios, la lucha es a muerte. Los opresores de siempre, alejan, exilan, asesinan. La familia resiste y se abre caminos.

Quizás sea en las familias venezolanas donde se lleva a cabo la mas activa, ingeniosa y efectiva contrarrevolución. La resistencia mas obvia y cotidiana.

La negación de la muerte, transita y habla en voz baja; casi sin opinión politica ni estridencia, en ese consenso que interpretamos y acordamos llamar “familia”.

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