Ángel Lombardi Boscán: Reconquista de américa, comisión de reemplazos

Ángel Lombardi Boscán: Reconquista de américa, comisión de reemplazos

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La historia es un territorio de lo imprevisto. Las autoridades metropolitanas españolas, tanto las que se reunían en gabinetes en Madrid, como las que estaban en América con la misión de resguardar estos territorios, nunca imaginaron revueltas domesticas de mayor calado, y mucho menos, de los “aliados” de mayor confianza: los blancos criollos. Siempre temieron a la amenaza exterior, primero de corsarios, piratas, bucaneros y filibusteros, y más luego de los franceses, y muy especialmente: el “enemigo inglés”. Así que a partir del año 1810 tuvieron que remover sus esquemas mentales preconcebidos y entender que trataban con rebeldes. Unos rebeldes, que de acuerdo a la filosofía de guerra prevaleciente, no se les podía dar cuartel.

Toda la política militar española dirigida a someter a los rebeldes americanos fue organizada desde la Comisión de Reemplazos. Este organismo fue creado por la Regencia del Reino en plena guerra con los franceses en el año 1811; y no hay duda de que la iniciativa fue llevada a cabo por los ricos comerciantes gaditanos, que notaban que la fuente de sus ingresos mermaba peligrosamente como consecuencia de los movimientos insurgentes en América. La Comisión de Reemplazos fue creada mediante Real Orden, por la vía del Ministerio de Marina dirigida al Tribunal del Consulado de Cádiz, y luego, sancionado su funcionamiento a través de la Regencia y las Cortes. Esta Comisión de Reemplazos, en teoría, contó con el aval de los organismos del Estado español y del mismo gobierno que estuvo al tanto de sus actividades, pero en la práctica funcionó más bien como una empresa llevada a cabo por particulares.

Si bien la política “pacificadora” a través del uso de la fuerza militar se decidió a finales del año 1814, ya la Comisión de Reemplazos había enviado algunas expediciones armadas desde el mismo año 1811 a distintos puntos del continente, como el primer batallón del regimiento de Asturias que salió desde Galicia en los últimos meses de ese año con destino a Veracruz y 800 efectivos a cuestas, siendo esta pequeña fuerza la primera expedición financiada por la Comisión de las 37 que se organizaron y enviaron a distintos puntos del continente americano entre los años 1811 y 1820.  Como es evidente, desde España siempre se actuó como la Metrópoli e Imperio que era desde que ocupó las Indias desde el siglo XVI, y ni la guerra contra los franceses, ni la escasez de erario, ni la ausencia de una marina de guerra operativa fueron impedimentos para intentar mantener esos lejanos dominios. Pero el Estado español en 1811 estaba quebrado y sus improvisados dirigentes, por mucho que se empeñasen en mantener fluidos contactos con América, tuvieron que rendirse a la realidad de los hechos, pero aun así lo intentaron.

En justicia, hay que señalar también que sus adversarios americanos fueron a la guerra por la independencia aún con menos recursos.

La actuación de la Comisión de Reemplazos fue espasmódica en el sentido de las grandes limitaciones de todo tipo que tuvo que enfrentar, sobre todo en relación con una coherente política “pacificadora” con continuidad en el tiempo. La inmensidad americana y la multiplicidad de los focos revolucionarios hicieron dispersar de tal manera los reemplazos militares que estos fueron ineficaces para reprimir a los sublevados. Salvo la gran expedición del general Morillo en Venezuela en el año 1815, que contó con 20 buques de guerra que portaron 164 cañones, 59 embarcaciones de transporte que fueron capaces de llevar 11.653 soldados y 601 oficiales, ninguna otra tuvo ni el poderío ni la capacidad militar de lograr los objetivos de la “pacificación”.

El destino de las expediciones indica evidentemente el interés de la Comisión de Reemplazos por atender las zonas comercialmente más importantes, en un intento por recuperar con ello la fluidez de los intercambios comerciales que en el pasado se habían constituido en la principal fuente de riqueza de toda la Monarquía española. Hacia el puerto de Veracruz arribaron siete expediciones con un total de 10.000 hombres; lo cual explica la importancia de Nuevo México como rico productor agrícola y minero en ese entonces. Ya los ingleses habían notado su importancia como rico emporio comercial llegando a solicitar al gobierno español, dentro de las cláusulas de la “Mediación” inglesa del año 1811, que se le permitiera el libre comercio con ese territorio, lo cual fue rechazado por los diputados de las Cortes de Cádiz echando al traste esa iniciativa.

A Portobelo, en el istmo de Panamá, llegaron tres contingentes militares con 5.000 soldados; a Montevideo cinco expediciones con 5.000 soldados más para atajar a los independentistas argentinos con San Martín al frente; a Lima para apoyar a la zona más pro-realista de toda América se organizaron cinco expediciones con 6.000 hombres; a los estratégicos puertos de La Habana y los que había en Puerto Rico llegaron cinco distintas expediciones con un total de 7.000 efectivos para guarnecer esas plazas que servían de principal apostadero de la marina de guerra española en el Caribe y encrucijada de caminos entre la Metrópoli y las Indias; y finalmente, a Venezuela se destinaron dos expediciones a lo largo del conflicto, una primera que trasladó al regimiento Granada con 1.500 efectivos entre soldados y oficiales en el año 1813, y la del general Pablo Morillo en el año 1815, la más poderosa de todas cuantas se enviaron y, quizás, la única que realmente se preparó a conciencia para obtener un triunfo definitivo sobre los rebeldes.

Hay que hacer notar que esas fuerzas una vez llegadas eran redistribuidas a otros destinos de acuerdo con las necesidades de auxilio de los distintos jefes y autoridades realistas, que acordaban en determinada circunstancia algún tipo de colaboración. Así tenemos que Morillo tuvo que desprenderse de algunos soldados, que envió al virrey La Serna en el Perú. A su vez Morillo en el año 1817 se quedó para sí con las fuerzas de la expedición (1.100 hombres) comandada por Canterac, destinadas al Perú, para emprender la desastrosa invasión sobre Margarita en el año 1817 que trajo la muerte a centenares de soldados europeos.

Los “Reemplazos” irónicamente no reemplazaban a nadie; las antiguas rotaciones de fuerzas de Fijos y Milicias que provenían de España para guarnecer los puntos fortificados en la costa habían acabado desde hacía unos cuantos años. Todo el sistema militar español en las Indias en la segunda mitad del siglo XVIII fue revisado ante las incursiones inglesas y de los contrabandistas, pero el mantenimiento de fuerzas españolas en América siempre fue costoso, lo que explica que su número fuera siempre escaso.

Para el soldado español, América no fue nada popular y mucho menos el territorio de la Costa Firme, en donde se encontraba Venezuela. Las pocas noticias que lograban filtrarse, a través de la prensa censurada o de viajeros supervivientes que habían podido regresar del trópico, hacían referencia a la dureza de los combates y la guerra de exterminio que allí se practicaba. Además la travesía era larga y llena de peligros no sólo por la acechanza de piratas y naves de guerras francesas e inglesas, sino por los mismos corsarios de los “rebeldes”, que desde un principio se armaron para hostigarles. Y si a esto se suman los periódicos temporales en el Caribe y las enfermedades, como el escorbuto y la disentería, que hacían su aparición en las largas travesías oceánicas, el cuadro no era nada promisorio para el soldado destinado a luchar contra los insurgentes americanos.

Ir a América era prácticamente encontrarse con una muerte segura. España situó en ultramar durante el conflicto a 40.000 hombres sobre unos efectivos totales del Ejército Real peninsular de 100.000, es decir, el 40%. En Venezuela fueron acantonados 20.000 soldados con su oficialidad, es decir, la mitad de ese contingente, lo cual demuestra la importancia que tuvo Venezuela como campo de batalla en todo el continente. De esos 20.000, actuaron en Venezuela entre 16.000 y 17.000, ya que el resto fue destinado a otros lugares como Puerto Rico, el Perú y la Nueva Granada. La mortandad fue tan grande que en Venezuela sólo 700 soldados pudieron regresar de acuerdo al testimonio del historiador colombiano Restrepo. Ya en las postrimerías de la guerra en Venezuela, el mariscal de campo don Miguel de La Torre, desde la fortaleza de Puerto Cabello, se pasaba buena parte del tiempo emitiendo pasaportes tanto a españoles como americanos adictos al realismo para huir de una muerte segura. El argumento esgrimido por los alzados con Riego en enero de 1820, de no querer marchar hacia las costas americanas para evitar la muerte, podemos notar que tiene mucho sentido.

Dr. Angel Rafael Lombardi Boscán

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ