Ángel Lombardi Boscán: Simbología de la política venezolana en la contemporaneidad

Ángel Lombardi Boscán: Simbología de la política venezolana en la contemporaneidad

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“El gusto que se tiene por el poder absoluto está en exacta relación con el desprecio que se tiene por sus conciudadanos”. Alexis de Tocqueville

Toda la historia del siglo XX y XXI venezolano puede explicarse por la adopción de colores que refieren a una posición ideológica y filosófica en torno a la rivalidad política entre partidos. Los partidos modernos en Venezuela se fundaron alrededor de la llamada Generación del 28 que combatió a la dictadura de Juan Vicente Gómez (1857-1935), una de las más brutales y largas en la Historia de Venezuela (1908-1935): veintisiete años. Hay autores que sostienen que los tres pilares en los cuales descansa la contemporaneidad venezolana son: los partidos políticos, el Estado y el petróleo.

Este período de la Historia de Venezuela en el siglo XX es esencial referirlo porque Juan Vicente Gómez es el verdadero padre de la Venezuela contemporánea en un sentido moderno y liberal, aunque suene contradictorio esto que decimos. Manuel Caballero (1931-2010), uno de nuestros grandes historiadores de lo contemporáneo, quizás el mejor, lo explica muy bien en su obra: “Gómez, el tirano liberal”, (1995).

En éste periodo se funda y organiza un ejército profesional al servicio de la tiranía y se pone fin a sangre y fuego con la era de los caudillos regionales en un histórico encuentro en Ciudad Bolívar en el año 1903. Gómez y su periodo representan un cambio histórico fundamental en el país: de sociedad agraria y rural nos convertimos en otra urbana, petrolera y prospera, además, se produce la integración del país a través de las nuevas carreteras. Todo esto de una forma muy vertiginosa y sin ningún plan de nación claro. La riqueza la administra el Estado/Gobierno a través de Constituciones de papel que el gendarme de turno junto a sus partidarios y clientela acomoda a sus designios. Las “Casas Muertas” (1955) y “Fiebre” (1939), novelas de Miguel Otero Silva (1908-1985), refieren sobre una época donde el campo, el mundo rural, se abandona produciendo un éxodo urbano desordenado cuyos indicios más dramáticos son los cordones de miseria de las rancherías como periferias de las grandes ciudades. Un país rico junto a un pueblo pobre; o también unos gobiernos muy ricos junto a unos dirigidos tratados con desprecio. También se hace presente la juventud universitaria como semilla de una aspiración libertaria que combatió la dictadura. Nos estamos refiriendo a la Generación del 28, cantera de los principales líderes civiles de la democracia de partidos, que se inauguró luego del 23 de enero del año 1958.

La deriva institucional y autoritaria explica muy bien el devenir histórico de la Venezuela de la post independencia luego del año 1830 cuando se disuelve la Gran Colombia. Un periodo marcado por la violencia: “revoluciones”, asonadas y golpes de estado dan la nota de una política de intenciones sin una verdadera consistencia y continuidad en el tiempo. Los proyectos nacionales son eso: proyectos nacionales cautivos de las hegemonías de turno.

Luego de la disolución de la Gran Colombia en 1830 se inicia nuestra era republicana. Siglo XIX: cuatro hegemonías de carácter personalista y autoritarias: Páez, Monagas, Guzmán Blanco y Joaquín Crespo teniendo a Caracas como el centro de un poder con sus muchos satélites. Siglo XX: los andinos se hacen presente con Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez hasta el año 1935. Luego dos regímenes deudores de la impronta gomecista y militar: Eleazar López Contreras y Medina Angarita (1936-1945) hasta llegar al trienio donde por primera vez una alianza civil junto con los militares tiene un inesperado como frugal éxito el 18 de octubre de 1945. Luego de un trienio esperanzador porque se conquista por primera vez en Venezuela el voto popular, secreto y universal incorporando a las mujeres como actores sociales políticos con idénticos derechos al de los hombres se elige a un presidente civil: Rómulo Gallegos en el año 1948 que es inmediatamente derrocado por los militares.

Otra era militar de una década que finaliza el 23 de enero de 1958 con la llegada de la Democracia de partidos civiles que representan el primer gran intento serio de hacer de Venezuela una sociedad moderna haciendo que los militares se subordinen y acaten una Constitución a la que se acostumbraron a ultrajar y utilizar sin mayores escrúpulos. Así tenemos que el campamento militar y el petrolero nos definen como historia contemporánea luego de 1830 cuando se conquistó la Independencia. La era democrática tuvo grandes avances en los sectores educativos, industrial, agrario y demás, algo inédito en la historia política nuestra basada en una convivencia cainitica: por primera vez, y cada cinco años, hubo alternabilidad en el poder entre dos partidos: Acción Democrática y Copei. Esta luna de miel sólo duró hasta el año 1989 dónde se produce el llamado Caracazo, expresión de un modelo petrolero rentista en decadencia, y las intentonas golpistas del año 1992, donde hace su aparición el Comandante Hugo Chávez (1954-2013). En el año 1998, Chávez, conspirador de una logia militar inspirada en ideales nacionalistas pro-bolivarianos, se hace con el poder por vía electoral y desde entonces su recorrido en la política ha sido la historia de una mutación: de entusiasta demócrata cuando el triunfo le sonreía en las urnas se fue convirtiendo en otro caudillo militar más de los tantos que hemos tenido hasta plantear “la revolución del socialismo del siglo XXI” con una clara tentación hegemónica y totalitaria cuyo pilar está en el control del ejército como guardia pretoriana y de la estatal PDVSA, principal fuente de la riqueza nacional extraída del subsuelo, ambos a su servicio.

Toda una cosmovisión de la vida reducida a los colores. Como el blanco de la socialdemocracia representada por Acción Democrática y el verde por el partido COPEI de filiación social-cristiana hasta llegar al rojo de los comunistas, el amarillo de URD, el anaranjado y morado de los partidos de tercera vía como el MAS (Movimiento al Socialismo) o el MEP (Movimiento electoral del pueblo). En cambio, hoy Venezuela, abolió todos los colores como expresión de un pluralismo político sano, y se viste monocolor, de rojo en representación de la actual hegemonía política dominante representada por el PSUV (Partido Socialista Unidos de Venezuela) y sus aliados en el sector militar. Obviamente al rojo hay que acompañarlo con el tricolor de la bandera, símbolo éste, alrededor del culto a la patria y Simón Bolívar (1842), apropiado por todas las hegemonías políticas en la historia republicana de Venezuela.

Los colores son una extensión de las emociones. Un estado de ánimo de raíces profundas que apelan a un sentimiento reiterativamente explotado alrededor de una causa política en el presente. Es más fácil identificarse con un color que con una idea o filosofía, muy especialmente en pueblos cuya pobreza cultural y material es más que evidente como en el caso de la realidad contemporánea venezolana. Además, el contraste de colores enfrentados hacen mucho más fácil identificar a los adeptos de una causa cuya complejidad ignoran y que termina reduciendo la realidad a un maniqueísmo infantil entre buenos y malos. Obviamente, uno siempre pertenece al bando de los buenos mientras que los rivales representan al mal que debe ser confrontado y destruido.

Estos de los colores nos llevan a las banderas como insignias poderosas de un nacionalismo furibundo que ha desparramado el odio desde un dogmatismo e intolerancia militantes. Los marcos que regulan la política en entramados institucionales frágiles o inexistentes o bajo la audacia irresponsable de espíritus guerreros siempre terminan por lo general en confrontación civil o internacional desde una violencia indómita. Jordi Canal gusta referirse a las guerras civiles como “inciviles”.

DR. ANGEL RAFAEL LOMBARDI BOSCAN

DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE LUZ

@LOMBARDIBOSCAN

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