Asdrúbal Cuauro: ”La casa vencida por las sombras”

Asdrúbal Cuauro: ”La casa vencida por las sombras”

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Nunca fui fanático y pensé que los problemas menores bastaba con herirlos por las piernas, mientras los otros, aquellos en que estaba en juego la conciencia, requerían más certero disparo en el corazón (…) y como son las palabras las que producen las más enconadas e irreparables discordias de los hombres, a veces he cuidado –hasta donde es posible- la sintaxis y la cortesía, con ánimo de convencer antes que de derribar”. (Mariano Picón Salas en el Prólogo a Obres selectas, 1953)

La designación del vicerrector Administrativo de la Universidad del Zulia, causó un cierto revuelo y suspicacia en un sector de la población universitaria. Una situación sobrevenida por la desaparición física de la Profa. María Guadalupe Núñez de Parra e inédita en los anales de nuestra universidad, fue rápidamente solventada por el Consejo Universitario apelando a las leyes que rigen la actuación de las universidades, artículo 109 de la Carta Magna y artículo 41 de la Ley de Universidades.

Ese recelo e inconformidad se enmarca en la crisis que desde hace más de una década envuelve al país y donde la argumentación ha sido desterrada del lenguaje por la injuria más descarada; donde el rencor se disfraza de ideología y la violencia, en todas sus manifestaciones, asemeja una coraza del régimen para defenderse, atacando a quienes considera pueden alterar sus planes continuistas en el poder.

“…este lenguaje repleto de enemigos y amenazas nos han hecho más agresivos y, por ende, más solitarios. Gracias a él, se nos ha atrofiado, reducido, la noción de comunidad” (Adalber Salas Hernández en Papel literario. Diario El Nacional, julio 2016) y esto es lo que ha ocurrido en la universidad venezolana. No conformamos una comunidad sino una sociedad dividida en clases y, por tanto, en pugna permanente para imponerse una sobre la otra. Sin objetivos superiores comunes.

El detonante de esa situación fue la cuestionada, por inconstitucional, Ley Orgánica de Educación que con una promesa populista y electorera dispuso (art. 34) que todos los miembros de la ¿comunidad? pueden elegir las autoridades universitarias, de forma paritaria; es decir, cada votante es un voto. Una estrategia inspirada en la conseja divide y vencerás ha potenciado los intereses personales y grupales. Afortunadamente no ocurrió lo mismo con la Ley de Educación Universitaria, declarada inconstitucional e inaplicable por “el eterno”.

A partir de ese momento, la determinación gubernamental de “asaltar” la universidad autónoma para imponerle un pensamiento único, se transformó en un odio visceral y se propuso debilitarla desde adentro puesto que la presión externa, el ahogamiento presupuestario-financiero, no logró doblegarla. Esa intensificación del ataque a la institucionalidad universitaria es lo que nos ha llevado a donde estamos, la ingobernabilidad y la instauración del caos porque las autoridades no tienen como atender, de manera efectiva, las demandas de los universitarios.

Mas el régimen no es el único factor interviniente en ese debilitamiento, se ha asentado porque hay una distorsión de los principios y valores universitarios. Es muy poca la identidad de su población con la universidad. No se quiere a la universidad como el lugar donde se realiza la persona sino simplemente el sitio de trabajo. No hay una real preocupación por su presente y menos cómo las decisiones influyen en su futuro. Ni los gremios ni las autoridades en su conjunto, ven más allá de las turbulencias causantes de las urgencias cotidianas.

Al respecto, María Fernanda Palacios (revista Principia No 18, Universidad Centro Occidental “Lisandro Alvarado”, diciembre 2001) escribe: “Cada vez más, el venezolano lleva a la casa o el rancho a cuestas: en los zapatos, en el atuendo y en el morral o el maletín, en el celular o la pistola, está su patrimonio esencial. El resto no le importa porque no le pertenece. De allí un uso que termina siempre en abuso”.

Los paros universitarios que surgen de manera inesperada, paralizando o restando algunos de los servicios que presta la institución, ¿No es un abuso del derecho a la huelga? ¿No hay otra forma que la fuerza física para hacerse escuchar por las autoridades? El sagrado derecho al reclamo se ha convertido en sinónimo de “vacaciones”, pues las personas son enviadas para sus casas en lugar de permanecer en la universidad, discutiendo el problema y formas alternativas de resolverlo.

“Como nómadas sin asiento, el aula, el escritorio, los jardines, los pasillos están allí para acampar por un rato, para hacerse una guarimba defensiva; nunca para cuidarlos como propios. Es decir, no los reconocemos como ‘patrimonio”, sentencia Palacios. El estado ruinoso de los espacios académicos, los administrativos y el ambiente en sí, de LUZ, por ejemplo, es producto de la desidia de todos. No solo falta de presupuesto.

Si como afirmó Elisa Lerner “La crítica es la vía más directa para el ejercicio de la inteligencia”, es pertinente realizar una profunda reflexión sobre la universidad que tenemos y la que queremos, pues el proceso de reconocerla y reconocernos, de reencontrarnos, en ella, pasa por hacer una autocrítica respecto a la complejidad de los problemas estructurales de la universidad autónoma y re-pensar su proceso de constitución y cambio; pero también sus contradicciones, “sus vacíos, de las ausencias, de aquello que todavía no es pero que se insinúa…”.

Eduardo Ibarra Colado (La universidad en México hoy: gobernabilidad y modernización, 2003) escribe “la libertad está ahí donde somos capaces de reconocernos a nosotros mismos”. He allí la paradoja universitaria, proclamamos la libertad académica pero se disminuye la capacidad crítica, la cual se ejerce en espacios reducidos y poca proyección intra y extramuros.

Como institución, la Universidad del Zulia se mantiene impertérrita ante los graves hechos del país. Solo individualidades reaccionan. Añoramos los tiempos de los debates; de las discusiones que si bien en su mayoría no significaron cambios sustantivos en la organización, ni tuvieron impacto en las políticas públicas; al menos, en LUZ, fueron la oportunidad de encontrarnos y reconocernos; de avanzar en proyectos aplicados de manera parcial y puntual.

Este conjunto de situaciones interrelacionadas se resume en lo que es la pérdida de confianza de los universitarios en sus autoridades y de la población zuliana en su universidad. Más allá de la necesaria discusión, las luchas de poder que se manifiestan con cada decisión importante es un signo inequívoco de la desinstitucionalización la cual erige un muro tanto al interior de la institución como en su relación con la sociedad, dificultando (por no decir entrabar) el proceso de interacción entre ambos.

Lo más grave es que en lugar de realizar acciones efectivas para superar los conflictos, se dejan pasar, se dejan hacer, con la consecuente agudización y tendencia a enfrentamientos indefinidos que imposibilitan llegar a soluciones satisfactorias para las partes enfrentadas y, por ende, una vez que “salen a la superficie” se profundiza la desconfianza en la universidad que es vista como fuente de conflictos, de “falta de autoridad”, pérdida de clases y de inactividad, pues es casi un desierto desolado.

Por supuesto, hay conflictos que provienen del exterior de la universidad, como el planeado por el régimen y las decisiones del TSJ, siempre parcializadas por el gobierno, que han llevado a una progresiva deslegitimación de las autoridades universitarias y organismos de co-gobierno universitario. La negativa a dejar que la democracia universitaria se exprese renovando sus autoridades, es una cuestión que no se puede soslayar ni dar más largas. Es muy seria.

Los más desesperados, por los intereses que sean, y quienes escuchan las quejas, hablan de autocracia universitaria. Habría una contradicción entre lo que se le endilga al Ejecutivo nacional y se practica en nuestra casa grande.

José Saramago en Las pequeñas memorias (2007) escribió: “…una calle, sea estrecha, sea ancha, siempre será una calle, mientras que una vereda nunca será nada más que un atajo. Un desvío para llegar más deprisa a donde se pretende, y en general sin otro futuro ni desmedidas ambiciones de distancia…”.

(*) Título del artículo de María Fernanda Palacios, citado más arriba.

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