Asdrubal Cuauro: La época más bella del año

Asdrubal Cuauro: La época más bella del año

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“Desde tiempos inmemoriales el hombre ha insistido en encontrar el tesoro que encierra la Navidad. Tan solo, arribamos a encontrar que somos un baúl de recuerdos. El olor del pan recién horneado, juguetes que nunca llegaron, noticias dolorosas, peleas de hermanos, besos, en fin…nostalgia.

Venzamos la tentación de ridiculizar la nostalgia y enseñemos a nuestros hijos a disfrutar más lo que tienen y a revalorizar el tiempo compartido.

El reto como padres es abrir a nuestros hijos los oídos, los ojos y el corazón hacia todo lo humano, es modelar la gratitud y el agradecimiento con nosotros mismos y con la vida, es flexibilizar nuestra manera de entender la realidad con el fin de explorar nuevas maneras de entender los recuerdos.

Seamos perseverantes y comprometidos con el encuentro fraterno para que en el futuro nuestros hijos posean la pasión, el fuego y el logro por compartir”.

(C.A. Editora El Nacional. Cuentos de Navidad, 2004).

Iniciamos el último mes del año, el más hermoso porque nos permite reencontrarnos con las tradiciones más sentidas por los venezolanos. El aire se suele llenar de aromas que agudizan los sentidos. Es el tiempo de volver a los orígenes. De llenarnos los pulmones del aire de la esperanza y la ilusión. De la calidez de la familia y la amistad. De hermanarnos con el otro. De la solidaridad. De la compasión. De la bulliciosa alegría. De dejar divagar el alma del niño que alguna vez fuimos.

Es la época de la Navidad. Del amor en todas sus manifestaciones. De la paz. De la tolerancia. Del recuerdo y la nostalgia. De adorar a un niño que vino al mundo hace más de dos mil años con un mensaje de paz y de amor. Con su característico gracejo el gran Aquiles Nazoa narró ese momento histórico:

“Ya la Virgen tiende el manto / sobre la hierba olorosa; / ya como delgada rosa / se dobla su cuerpo santo; / ya a través de un claro llanto / los ojos del buey la ven; / llora el burro también / y la historia nos relata / que una estrella de hojalata / brilló en la noche en Belén” (Retablillo de Navidad, Ibíd.)
Con la venia de ustedes, amigos lectores, expreso mi contentamiento porque este miércoles 6 de diciembre mis nietos Diego Andrés y Antonio José Cuauro Piñeiro cumplen doce años de haber nacido en esta Maracaibo que le es tan lejana desde los miles de kilómetros que la separan de las frías tierras en las que hacen vida.

Como abuelo y así debe serlo para todos los que experimentan ese amor tan grande que denominamos nieto, hablar de ellos es un ejercicio que eleva exponencialmente nuestro ego. Cualquier logro puede ser redimensionado al alza y extasiarnos en narrar sus hazañas escolares y las otras actividades formativas que realizan. No hay medida ni tiempo para compartir ese orgullo.

Mis nietos, dos preadolescentes que compaginan sus estudios con aficiones distintas pero que nos remiten al mundo de las artes, no son “deportistas” aunque han realizado actividades deportivas. Uno de ellos se siente atraído por la música electrónica y ha hechos sus pinitos como DJ aficionado en fiestas de amigos y de su colegio. El otro es un “consumado” dibujante que utiliza diferentes medios (iPad, computadora, papel y marcadores y hasta un teléfono) para darle rienda suelta a su creatividad, desarrollar historias y crear sus propios cómics.

Como hijos de la era digital son unos apasionados por la tecnología y la informática y en tal sentido se pueden considerar unos “geek”. Uno es el típico maracaibero, el otro se muestra impasible; pero heredaron la honestidad, la inteligencia, la creatividad y el carácter tranquilo y educado de su padre. ¿Qué les dije?

“Queridos Diego y Antonio:
No puedo acompañarles esta Navidad, pero imaginen que estoy allá con ustedes, porque me he metido en este sobre de sus regalos y me tendrán allá, no solo hoy sino siempre, les doy un abrazo grande, grande, grandísimo, y otro para cada uno en casa.
Hasta siempre, Su abuelo”.
(Paráfrasis de la Carta de Hilario, quien vive en Maracaibo, a su nieta Gabriela, habitante de Caracas, en “Abuelo es la Navidad” cuento de Laura Antillano).

Agradezco su atención a las divagaciones de un abuelo y padre que abraza a sus seres queridos a través del Skype, el video-llamada y los recuerdos. Ellos son parte de esa diáspora que anda por el mundo añorando las tradiciones navideñas más significativas de la identidad venezolana; aunque, es justo decirlo, siempre encuentran la manera de mantener viva su esencia.

Es tiempo de Adviento. Los cuatro domingos de espera de la venida de Jesús, como señala un sacerdote en un video que circula por las redes sociales. El Jesús vivo que mora en nosotros y damos la bienvenida cada año (cada día sería más justo) al filo de la medianoche del 24 de diciembre cuando un proceso astronómico nos pone a viajar al mundo de la ilusión en un viejo tren que cruza la línea imaginaria dejando atrás el pasado y enrumbando su cansado andar hacia un luminoso futuro.

Según la agencia católica de prensa (https://www.aciprensa.com) el Adviento es una manera “de expresar tangiblemente que, mientras dura nuestro peregrinar, nos falta algo. Cuando el Señor se haga presente en medio de su pueblo, habrá llegado la Iglesia a su fiesta completa, significada por la solemnidad de la fiesta de Navidad”.

De modo que la época navideña es la reafirmación de la vida y de una perspectiva optimista de la vida. Cierto es que este diciembre 2017 está marcado por el inaceptable pero tolerado, descalabro de Venezuela. La dificultad, por no decir imposibilidad, que tendrán millones de venezolanos para cumplir esas tradiciones. Aún así, démonos un respiro para en medio de tantas angustias ir al encuentro del verdadero sentido de la Navidad: la paz. El amor. La reconciliación.

Una de las tantas frases atribuidas a Albert Einstein es conveniente citarla en este momento en que el caos económico, social, político y cultural hace añicos nuestras esperanzas y en muchos casos empuja a la gente a que pierda la confianza y la fe y en consecuencia, se paralice y piense que no hay remedio para la enfermedad que diezma a Venezuela. Abandona toda lucha, dejándose arrastrar por el río de la intolerancia, el resentimiento o el salvavidas populista y electorero que le lanzan:
“En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Según especialistas, es una invitación a “jugar, atreverse, soñar, hacer reír y dejar que nos hagan reír, vivir aquello que los demás piensan que es una locura” (les presento excusas porque no copie la fuente de la cual tomé la cita). Muchos han hecho causa común con esta recomendación y tratan por medios alternativos sacudirse el polvo nefasto de las emociones negativas (ira, miedo, ansiedad, tristeza, vergüenza).

Por sus características, la Navidad es la época propicia para iniciar el camino del cambio y la modificación tanto en nuestra forma de actuar como en el estilo de vida. La mejor manera es mediante el refugio en la fe que profesamos, la familia, las amistades, la actividad física y en causas sociales, educativas o culturales (y un gran etcétera) que nos satisfagan en cuanto al ejercicio práctico de la misericordia.

Hagamos a un lado la perversión de querer tenerlo todo. Dejarnos devorar por los valores materiales. Procuremos más bien cultivar los valores morales que la estresante vida que llevamos ha hecho a un lado, permitiendo que el peor de los males, la corrupción generalizada se instale a sus anchas en la sociedad y se trate de tapar como al sol, con un dedo. Una enfermedad que no solo es atinente a la clase política, es una forma de conducirse que atañe a la sociedad en su conjunto.

Terribles contradicciones entre quienes dicen querer cambiar “el modelo” y tiene su cenit cuando hay la oportunidad de entreabrir una puesta clausurada. Dejan que el ego y el resentimiento, el revanchismo, priven sobre la política. El 10 de diciembre tenemos una cita con el futuro del Zulia y sus municipios. No permitamos que otros decidan por nosotros. Recuerden “Votar no garantiza el éxito pero no votar si garantiza el fracaso” (mensaje por WhatsApp).

A propósito de días de fiesta, este 5 de diciembre se conmemora el “Día del profesor universitario”. Una efeméride que rinde tributo a las luchas de los académicos de las universidades autónomas por preservar la autonomía universitaria y la libertad académica, instituidas en la Ley de Universidades (1958) y refrendada por el doctor Edgar Sanabria (profesor de la UCV) presidente de la Junta de Gobierno tras el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez.

La responsabilidad de los profesores universitarios no es menor en la actual coyuntura y de cara al futuro. El desafío es la reflexión, análisis y discusión sobre el modelo de universidad que tenemos. Creo que es imprescindible repensarla y pensar en la construcción de un modelo de universidad que trascienda el modelo hibrido napoleónico-alemán-estadounidense vigente, que ha creado una especie de terrenos acotados, y migrar a otro en el cual la integración y la investigación interdisciplinaria sea realmente el centro alrededor del cual gravite su hacer.

Dadas las circunstancias económicas, sociales, políticas y culturales que median y en el contexto de un mundo convulsionado por la Cuarta Revolución Industrial que ahonda la brecha digital entre los países más industrializados y los en “vías de desarrollo”, es una cuestión de vida o muerte la que enfrentamos. No podemos continuar “mirándonos el ombligo” dejando que las cosas pasen sin más comentario que alguna entrevista, boletín de prensa o declaración de principios. Hay que actuar.

Discutir sobre los beneficios socioeconómicos en un país en bancarrota con hiperinflación y recesión es necesario; pero no podemos quedarnos ahí. ¿Cuál es el futuro de la universidad si su comunidad la deja a su suerte? No hay una estrategia definida para enfrentar su problema existencial; mientras el gobierno saca de la manga cuanta universidad “socialista” se le ocurre crear. Al ritmo que vamos no tardará en llegar el día en que nos engullan (ya lo hacen en el CNU) y después ¿qué?
“Lo que no podemos es quedar hundidos en el no hacer, en la indiferencia más absurda, pues ha llegado el momento del retorno a la escucha, a su perfecta armonía con la razón, lo que exige una ética de la responsabilidad en toda nuestras actuaciones” (Víctor Corcoba Herrero. “El ocaso de una época; el nacimiento de otra”. Diario Panorama, 27 noviembre 2016).

(*) La época más bella del año es el título de una reflexión de Aquiles Nazoa sobre la Navidad.

Asdrúbal Cuauro / @AsdrbalC