Asdrubal Cuauro: Lágrimas descoloridas

Asdrubal Cuauro: Lágrimas descoloridas

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“Madre, si me matan, que no venga el hombre de las sillas negras; / que no vengan todos a pasar la noche / rumiando pesares, mientras tú me lloras; / que no esté la sala / con los cuatro cirios / y yo en una urna, mirando hacia arriba; / (…) / que no esté el pañuelo cubriéndome el rostro, (…) / ni estén mis hermanas llorando en la sala, / ni estés tú sentada, con tu ropa nueva. / Madre, si me matan, / que no venga el hombre de las sillas negras…
Madres, si me matan, / y muero en los bosques o en mitad del llano, / pide a los soldados que te den tu muerto; / que los labradores y las labradoras / y tú y mis hermanas, derramando flores, / hasta un pueblo manso se lleven mi cuerpo; (…) / hasta un cementerio
/ con cerca de alambres y enredaderas. / Y cuando pasen los años
/ tráeme a mi pedazo, junto al padre muerto / y allí, que me pongan donde a ti te pongan, / en tu misma fosa y a tu lado izquierdo. / Madre, si me matan, / pide a los soldados que te den tu muerto.
Madre, si me matan, no me entierres todo, / de la herida abierta sácame una gota, /
de la honda melena sácame una trenza; / cuando tengas frío, quémate en mi brasa;
/ cuando no respires, suelta mi tormenta. / Madre, si me matan, no me entierres todo.
Madre, si me matan, / ábreme la herida, ciérrame los ojos / y tráeme un pobre hombre de algún pobre pueblo / y esa pobre mano por la que me matan, / pónmela en la herida por la que me muero…
Y una palabra: JUSTICIA / escriban sobre la tumba / Y un domingo, con sol afuera, / vengan (…) hombres y mujeres del pueblo cercano
/ que digan mi nombre como de su casa / y alcen a los cielos cantos de victoria, / Madre, si me matan”.
(Andrés Eloy Blanco. Canto de los hijos en marcha, 1929).

Días trágicos los que vive el país. La muerte, como las plagas que asolaron al Egipto de los faraones (Éxodo 7:14-24), se propaga silenciosamente por el aire y desciende en los más recónditos espacios de las ciudades, pueblos y comunidades del territorio nacional. A veces, como el llanto inconsolable del que padece hambre o el grito lastimero del enfermo que no resiste el dolor y la pobreza. La impotencia del preso que mira la muerte a la cara entre las paredes de una mazmorra.

Otras veces con el dedo amenazante, el lápiz rojo censor y las gigantescas tijeras del poder para cortar los esfuerzos y las esperanzas de quienes a semejanza de Prometeo comparten una luz intensa y ardiente como el Sol con otros miles, millones, para alumbrar sus andanzas por los caminos del presente y del mañana. Para las preguntas de preguntas y respuestas de respuestas. El encuentro y el desencuentro.
Pero la más dolorosa de las muertes es la que acalla una vida por la fuerza de la violencia. Por el sonido ensordecedor de un arma de fuego de bajo calibre o el estruendo de una lanzagranadas. El odio y la venganza acuartelados en cuerpos que no tiene descanso, ni lo tendrán algún día, para reivindicar supuestas ofensas. Diferentes caras de una misma vergüenza. Un mismo nombre.

No hay razón alguna salvo el desquiciamiento de quienes tienen la obligación de respetar la vigente ley de leyes que consagra el derecho a la vida. Un derecho que a los ojos del régimen no es más que un desnudo cubo de hielo expuesto al candente sol del mediodía maracaibero. Nada. Está destinado solo para los “revolucionarios” caídos en desgracia por las marramucias que hicieron en la vaquita socialista.

Es una advertencia a todo el que se oponga al poder: se está conmigo o es mi enemigo. Quien tome partido por la acera del frente, enemigo, está sujeto al fusilamiento. Moral o físico. La muerte. Seguramente ambos. “Hoy es tu nombre ahorcado entre las cruces” escribió Víctor Salazar (Semejante al principio, 1965)

La denominada masacre de El Junquito, independientemente si el grupo de personas se alzó en armas contra el gobierno, no debió pasar. Nunca debió permitirse. Un hecho monstruoso. Su brutalidad es equiparable a cualquier otra masacre del presente y del pasado. El asalto de un grupo de guerrilleros al “Tren de El Encanto” (29 septiembre 1963), por ejemplo. En este hecho sangriento, un domingo de paseo, murieron cinco guardias nacionales e hirieron a mujeres y niños.

En “El asalto al tren de El Encanto” publicado en las Crónicas de Tanatos, 04 noviembre 2011, se lee:

“Rómulo Betancourt, entonces Presidente de la República y furioso anticomunista vio en esto la oportunidad de oro para deshacerse de la oposición izquierdista que hasta ese momento hacía vida legal. El lunes 30 de septiembre de 1963 en la noche, el ministro de Relaciones Interiores Manuel Mantilla anunció al país que el gobierno tomaría fuertes medidas para luchar contra el terrorismo…

En nada se diferencia la actitud y el accionar del presidente Betancourt, del actual. En un mensaje oficial tardío, el ministro del Interior, Justicia y Paz declaró que se conoció el paradero del grupo rebelde por la delación de un dirigente opositor presente en el diálogo de Santo Domingo. ¿Qué se pretendía? ¿Desviar la atención? ¿Introducir un elemento que desatara una guerra de acusaciones en la MUD?

¿Evitar que la matanza se constituyera en un obstáculo para la reelección del presidente? ¿Cuidar su imagen de “humanista”? ¿Lanzar una cacería de brujas contra dirigentes de las oposiciones al sugerir que estarían detrás del grupo rebelde? ¿Ponerle punto final a las negociaciones en República Dominicana?

Sea el que fuere el motivo, el régimen tiene a su disposición la maquinaria propagandística de los medios de comunicación convencionales para difundir su historia, sin dar cabida a versiones contrarias. Esa hegemonía comunicacional le facilita crear matrices de opinión, sobre todo si tomamos en cuenta que nuestra cultura es visual y somos voraces consumidores de información.

Con la matanza de El Junquito, resguardada por el más absoluto y cobarde silencio. Todos los actos opacos. El régimen pretende que exista solo una verdad, la verdad oficial: los terroristas murieron en un enfrentamiento. En combate. Al presidente de la República, habitante del territorio de la posverdad (o mentira emotiva), poco le importan los hechos objetivos. Son irrelevantes.

Otro tanto ocurre con las redes sociales. A pesar que podría suponer lo contrario, se convierten en una gran maquinaria publicitaria del régimen al encargarse de repetir el mensaje final de este alevoso crimen: nada se puede hacer para salir del régimen. Gobernará por 50, 100 años. Hasta que se cansen…o nos cansemos. Cualquier atisbo de esperanza será destrozado por la fuerza de las armas, el TSJ o la vía legal de la ANC. Nada se deja al azar. Todo está calculado.

El régimen no tiene piedad con el enemigo. Así ocurrió esta vez, a pesar de iniciarse el protocolo de entrega a los cuerpos de seguridad. Estaban rodeados. Sin escapatoria y ante gente con potentes armas de guerra que fueron empleadas para borrarlos del mapa. Literalmente. Según informaciones difundidas quien fungía de líder y cinco rebeldes más murieron de un certero disparo en la cabeza. No querían otro “por ahora” que soliviantara los decaídos ánimos protestatarios de las oposiciones.
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No es aventurado colegir que fueron ajusticiados. Por eso la polvoreda levantada a escala global. Un verdadero traspié cuyas consecuencias no fueron medidas con exactitud. Ese escándalo llevó a una comedida Unión Europea, luego de meses de estudio, decidir aplicar sanciones a siete funcionarios “revolucionarios”. El cerco profiláctico se cierra, ¿Será capaz el régimen de aguantar las intensas presiones?

El ensañamiento del deshumanizado gobierno ha llegado al extremo de jugar con los sentimientos y emociones de los dolientes. Un secretismo represor que no respeta el dolor de una madre, de una esposa, de unos hijos y otros familiares. No bastó con asesinarlos. Después de muertos les niegan hasta los elementales rituales funerarios. No permitieron a sus madres llorar en la intimidad sobre sus ataúdes. Ni enterrarlos. Ni siquiera atenuar el dolor dándoles el último adiós ante su sepultura.

Sin embargo, al margen de esta brutal represión militar-cívica y las incongruentes comparaciones con el episodio de la rendición del “comandante eterno” o la del “Ché” Guevara en Bolivia, cuestiones bien diferenciadas por el contexto en el que se dieron y los valores que representaban.

Sin demeritar el valor y la osadía del líder rebelde. Su nacionalismo. Su verdad. Su idealismo. Sería interesante saber el porqué saltó a la palestra tan espontáneamente y actúo con un pueril olfato político. Una actitud que lo condujo a ese callejón sin salida en el que sus “voces regresaron borradas en la noche” (Víctor Salazar. Ibídem)

¿Empujado por las circunstancias? ¿Impaciencia? ¿La exposición mediática? (el periodista Orlando Suárez en su columna del domingo 21 de enero en El Nacional, habla de “El policía del traje rosado” un interesante relato sobre la presencia del líder rebelde en unos programas de la televisora caraqueña de “la Alta Florida”).

Qué pretendía lograr con tan reducido grupo de seguidores, ¿era mayor?, su fervor patriótico y acciones efectistas para humillar al gobierno y su aceitada maquinaria de guerra. ¿Un levantamiento popular? ¿Una guerrilla urbana? ¿Fue echado a la jaula de los leones por alguien que conociendo sus antecedentes lo manipuló con un discurso nacionalista y afincándose en los valores de la masonería?

Respecto a esta última hipótesis viene al recuerdo una estrategia utilizada por Juan Domingo Perón en tiempos de la dictadura militar (1972) que en ese entonces gobernaba a la Argentina. Creó unas “formaciones especiales”. Grupos armados a los cuales utilizó como peones de ajedrez para mantener en jaque al poder militar, preservar la unidad del peronismo en torno suyo y acelerar su retorno al poder. (Francisco de la Guerra Castellanos. Julio Cortázar, de literatura y revolución en América Latina, 2000).

En todo caso, la herida lacerante causada por la muerte de un grupo de sublevado contra el orden establecido y los insanos acontecimientos posteriores puede dar lugar a que el discurso espontáneo del líder llamando al rescate de la dignidad nacional no desaparezca como cualquier otra novedad y resulte un punto de ruptura para el resurgimiento de la opacada lucha por la libertad y una mejor calidad de vida.

La aparición de videos, canciones, pintas y posters dedicados al jefe rebelde y la hipótesis de la inmolación por una causa justa están dando pie a la creación de un mito. Pueda ser que al régimen le haya salido el tiro por la culata.

“Negar la eficacia (de los) valores morales y filosóficos ha sido (…) la labor permanente de quienes quieren mantener el carácter irresponsable del Poder, para que a su sombra sean hacederos de negocios y la misma entrega del propio país”. (Mario Briceño Iragorry, 1953)

Asdrúbal Cuauro

@AsdrbalC

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