Cristobal Guerra: Yulimar, o el verdadero valor de ser segundos

Cristobal Guerra: Yulimar, o el verdadero valor de ser segundos

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Más allá de entusiasmos victoriosos, y sin querer ser el que en medio de la fiesta para la música para echar chistes sin gracia, pensemos donde está Venezuela y sus actitudes

Por sus orígenes, por su cultura, por su devenir histórico, las naciones tienen una manera de ser. Algunas persiguen la victoria porque nacieron para eso, para ser triunfadoras, y otras buscan la caída porque su naturaleza es el derrotismo. Como leímos alguna vez en un libro de Milan Kundera, “son los culpables que buscan la culpa”.

Esta reflexión viene a cuento después de seguir, con ojo avizor, la competencia de salto triple en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro. La medalla de plata alcanzada por la venezolana Yulimar Rojas ha sido agua refrescante en el desierto interminable por el que atraviesa este país. Convencida que podía hacerlo, con la determinación de ser muchacha de origen humilde con ganas de echar pa´lante, enfrentó a la experimentada colombiana Caterine Ibarguen, aunque sin poder con la superioridad de la mujer del café.

Los venezolanos amanecieron con una satisfacción inocultable, algo para conversar en las esquinas, un abrazo, una sonrisa ancha, un alborozo. “Yulimar lo hizo, carajo: esa victoria nos llena de orgullo”.

El “triunfo moral”

Esa victoria nos llena de orgullo. Sí, ser segundos nos llena de orgullo: ¿alguien ha pensado en esto? ¿Alguien tiene fe ciega en que, a un lado del triunfo moral, ese que no da medallas, ser segundo es una victoria? ¿Ser segundo es motivo de orgullo patrio? Tal vez ser segundo se ha convertido en un lugar común de los tiempos que se viven, sin pensar en lo que hubiera pasado si Yulimar hubiera ganado el salto triple. “Yurimar ganó la de plata, pero es como si hubiera sido de oro”, dicen. Esto envuelve una complicidad escondida, es el doble fondo de una actitud de conformismo que no queremos ni ver ni admitir. Ser primero es ser primero, y ser segundo es ser segundo; eso es lo que van a decir los registros, y de poco valen esas justificaciones inútiles.

“Es muy joven y la colombiana es una veterana. Tú vas a ver lo que va a pasar cuando Yuli tenga la edad de ella”, argumentan, y es cierto: tiene 20 años por los 32 de su rival, pero no hay ilusionista ni lector del futuro que pueda garantizar ese presagio. Compitieron, a secas, y eso es lo real, lo que vale. En el fondo, es una manera de justificar a la jovencita criolla por no haber podido subir a lo más alto del podio. Cuando Pedro Gamarro fue vencido por el púgil de Alemania Democrática en los Juegos de Montreal 1976, se habló de la “trampa” que habían urdido los jueces, de la “injusticia” con el venezolano. Igual fortuna vivió Bernardo Piñango en Moscú 80, cuando fue vencido en la final por el representante cubano.

¿Donde está Venezuela?

Y no queremos hablar de lo que pudo haber sido y no fue con respecto a la delegación venezolana de 87 atletas, en medio del fracaso eterno de América Latina en los encuentros olímpicos, con la sola excepción, relativa excepción, de Brasil, Cuba y la ahora emergente Colombia; solo una medalla hasta hoy, la de Yulimar Rojas, habla por sí sola. Esto, en realidad, merece un trabajo más amplio, con argumentos de las autoridades justificando la actuación, la opinión de los medios de comunicación, y lo que las mujeres y hombres de la calle piensan de todo esto. La intención de esta nota ha sido solo hablar del caso de la saltadora de triple y de las consecuencias de su figuración.

Más allá de entusiasmos victoriosos, y sin querer ser el que en medio de la fiesta para la música para echar chistes sin gracia, pensemos donde está Venezuela y sus actitudes: ¿en la orilla de los triunfadores, o, cruzando el río, en el lado de los derrotistas? O como decía Kundera, somos ¿“culpables que buscan la culpa?”.

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