Daniel Castro Aniyar: El Espíritu mismo del Teatro Baralt

Daniel Castro Aniyar: El Espíritu mismo del Teatro Baralt

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Daniel Castro Aniyar
El Teatro Baralt, a diferencia de otros teatros y centros culturales del país, no es el resultado del gasto público ni de la gran inversión privada. Emprendedores, fundamentalmente panaderos, esto es, personas que recibían trigo en el puerto y lo convertían con su sudor e ingenio en tortas, bollos y muy probablemente ¿por qué no?, pastelitos y tequeños (o dedos como alguna vez se les llamó), hicieron el Teatro Baralt.

Representaban una comunidad organizada. No invirtieron para el lucro, ni para el prestigio de una empresa o marca. No fue una inversión que buscaba votos o el tipo de prestigio político que buscan ciertos gobiernos con vocación aburguesante o civilizatoria.

El Teatro Baralt fue claramente, desde sus orígenes, el impulso exitoso de lo que hoy se llama el tercer sector, o bien sociedad civil, pueblo organizado, consejos de trabajadores panaderos con profunda orientación a la responsabilidad social. Todos reconocemos, desde cualquier ángulo del espectro político, que lo que sale de las manos de una sociedad que se organiza por sí misma es más limpio, más prometedor, que lo que sale de un lejano presupuesto ministerial, de un decreto o de una estrategia de marketing.

Luego, en los años 30, el Teatro Baralt fue renovado. Y fue exactamente esta renovación la que puso nombres a la leyenda del Teatro:  Hoet y Angulo. Fue un cambio radical de dimensiones y estilos, pero ese giro jamás fue aprovechado por personas ajenas al mundo del arte y la comunidad.

Esto es muy importante recordarlo: el Teatro Baralt de los 30 no se renovó con el apellido del gobernante de turno, ni con las siglas de un partido, ni con la marca de un producto, sino con la imagen amada de dos increíbles artistas. Esto es una señal que no debe ser olvidada: antes de la renovación no hubo nombres, ni los hubo después. Nadie se atrevió a ponerse a la altura del Teatro Baralt, nadie que no fuesen artistas de fino vuelo. Esa fue la época del Teatro con apellidos amados por todos: El Baralt de Gardel, el Baralt de Pedro Infante, el Baralt de Cantinflas, el de Benny Moré, el de las zarzuelas.

Luego vino la restauración de los 90. Las encuestas entonces midieron que ésta fue la obra más importante del primer periodo de Arias Cárdenas. Pero todos sabían que la restauración había comenzado con Lolita. Dos líderes de la naciente izquierda democrática que, a pesar de sus diferencias, se ponían al servicio de un proyecto común, puesto que sabían que este proyecto ya claramente los alcanzaba y los superaba. Caldera lo inauguró y lo volvió a inaugurar Arias Cárdenas. Aun así, siguió siendo el Teatro de la ciudad, el de siempre, aquel cuya trascendencia era inalcanzable por cualquier operación de la política electoral o la publicidad privada.

Recién llegaba yo de mi maestría a Venezuela cuando se dio el debate de quién debía dirigir el Teatro recién restaurado. Recuerdo que finalmente, no hubo ese debate. Todo cayó con su peso natural: aquella comunidad que claramente mejor representaba a ese espíritu de la ciudad, sin pertenencias ni banderas, era LUZ.

Estuvo en manos de LUZ durante el período del abandono. Sin embargo, LUZ le dio vida al Teatro lleno de murciélagos y palomas, llenándose de la gente de Belloso y Veritas con su laureado Cine Club. Fue con LUZ que los actores de la Sociedad Dramática de Maracaibo se convirtieron en aquellos fantasmas pasmosos, escondidos en sus puertas y columnas, para hacer de aquel abandono el mejor de los escenarios de terror.

Yo fui el primer director del Teatro Baralt restaurado. Estuve dirigiéndolo por un año sin presupuesto alguno. Yo era un joven profesor de sociología que se llevó a sus 35 estudiantes a reconstruir el teatro. Y entregamos ese teatro, un año después, con una programación impactante, con mucho dinero de taquilla, con sonido instalado, con tramoyas funcionando, con guías turísticos y exposiciones exitosas. Fue aquel mismo espíritu fundador el que nos guió entonces: entregar el teatro a la gente, a los de Veritas, Belloso y Carabobo, desde la gente. 35 muchachos enamorados del Teatro, sin cobrar, orgullosos de verlo prosperar, sin hipotecas a empresas privadas ni compromisos de ningún color político. Fuimos exitosos desde todos los ángulos posibles. Para mí, todo eso era la revolución en ciernes. Para mis compañeros, eso era, por lo menos, sentirse orgullosamente zulianos.

Pero hay que decirlo, esto no era raro ni excepcional. Puede que en el resto de la sociedad venezolana sí lo fuese. Pero nosotros éramos LUZ. ¿Cómo podía ser excepcional? Éramos los herederos de la misma comunidad que, a pulso, levantamos una vez el Cine Club, el Chímpete Chámpata, las 25 revistas científicas, los JUVINES, LUZ FM, el movimiento estudiantil independiente, el Autodesarrollo, los encuentros de poesía, los internacionales de cuentacuentos (donde participó exitosamente el pana Wolfang Viloria), DanzaLuz, Texere, el Manuel Trujillo Durán, el orfeón… la Universidad todo lo hacía así. Todo aun lo hace así. Por pasión, sin dinero, con una muy convencida vocación de ciudad y comunidad.

Tanto Lolita como Arias Cárdenas lo supieron: sin ese motor de gente, el Teatro Baralt hubiera sucumbido. El Teatro no podía esperar a la garrafosa burocracia de los presupuestos públicos. Había que poner en marcha ese barco. La diferencia la hizo la misma gente que marcó su historia original: una comunidad enamorada de la cultura, del teatro y de la ciudad.

El Teatro Baralt no es como el Teresa Carreño, el Ateneo, el Museo de Bellas Artes, La Estancia o Bigott. No es ni mejor ni peor en lo relativo  a su programación… pero sí que es el producto de una historia ciudadana, horizontal, popular y emprendedora que atesoró la patrimonialidad zuliana. No se confundan.

El Teatro Baralt, no tengo dudas, debe quedar en manos de LUZ: La misma cantera de donde aún se puede obtener ese celo de cuidado y patrimonialidad. La misma pequeña vela inapagable que, como siempre, ha iluminado a las Bellas Artes y a la cultura popular en un solo abrazo. La misma institución centenaria que ha acompañado, sin protagonismos personales, electorales, mercantiles o corporativos, la vida del Zulia.

Daniel Castro-Aniyar
Sociologist (Universidad del Zulia)
Studies on Cultural Anthropology (University of Montreal)
Master in Social Anthropology (School of High Studies in Social Sciences, Ancient Sorbonne, Paris)
Master in Political Sciences (Complutensis University of Madrid)
PhD on Violence (Complutensis University of Madrid)

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