Ernesto García Mac Gregor: Que se vayan pa’l infierno

Ernesto García Mac Gregor: Que se vayan pa’l infierno

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Los gobernantes de pacotilla responsables directos de este desastre no pasan de 300 en total. Han destruido una nación desde la raíz de la dignidad de su gente, otrora feliz, inocente e incluso ingenua, hasta la institucionalidad productiva y económica. Y lo han hecho, no sólo con premeditación y alevosía, sino con un gozo sadomasoquista de ensañamiento y emanación permanente de odio contra quienes los adversan.

Todo comenzó con la ordinariez del intergaláctico y la chabacanería se sus acrobacias verbales merecedoras de aquel ¿por qué no te callas?Luego vinieron los desplantes, señalamientos yridiculizaciones, vomitadas consarcasmo, sadismo y saña.Con pito de árbitro en boca, botó a los petroleros mientras gritaba burlonamente “fuera”. Luego los “exprópiese” de miles de empresas, “pongan a esa jueza presa”, “te voy a mandar preso desgraciado”. “Váyanse extranjeros de m…” A la muerte del cardenal Castillo Plaza,“ojalá se esté pudriendo en el infierno”. Al fallecimiento de CAP “yo no pateo perro muerto”.

Todo siguió peor con  Maduro y sus acólitos. Ante el agonizante Franklin Brito exclamó, “ese ya huele a formol”; o lo de “muerte a los pensionados,viejos usureros, decrépitos, que hay que empujar a los rieles del metro, o echarlos al Guaire”. Ofensas, vulgaridades, revanchismo, humillación, burlas e insultos; tirria contra quienes tuvieron éxito, infinita capacidad para mentir y engañar, cinismo para justificar la ineficacia, la corrupción y el derroche.

Pues es tiempo de mandarlos al infierno sin contemplaciones, de darle de su propia medicina, de señalarlos, acusarlos y perseguirlos a donde vayan junto a sus familiares. Y no me vengan con aquello de que los niños no tienen la culpa, porque los nuestros tampoco la tienen de todo lo que les ha tocado vivir por esos desgraciados cuyos familiares están en el exterior para que no pasen malos ratos.

Estos miserables acomplejados, resentidos sociales, perdedores natos, amargados congénitos, envidiosos del bien ajeno, incapaces de salir de sureconcomio miserable, no merecen la otra mejilla. Que se mueran como los viejitos pensionados, que se frían en las pailas del infierno como el Cardenal y que publiquen este artículo en Aporrea. Que oiga quien tiene oídos…

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