Hugo Delgado: Bien aceitado

Hugo Delgado: Bien aceitado

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Quienes menosprecian la escasez formativa de Nicolás Maduro y la mayor parte de sus cómplices, no dimensionan la capacidad que tiene el comunismo mundial. Las declaraciones de José Rodríguez Zapatero justificando la crisis que vive Venezuela como producto de una sanciones económicas y políticas de Estados Unidos agudizadas en el último año;  las reflexiones del impoluto ex presidente de Uruguay, Pepe Mujica, endosando la responsabilidad al sistema rentista petrolero y no a la gestión del ilegítimo presidente venezolano y de Hugo Chávez que solo profundizaron el modelo corrupto e ineficiente;  el tibio apoyo de los gobiernos chino, ruso, boliviano, nicaragüense, el español del golpista parlamentario, Pedro Rodríguez, son muestras de la capacidad operativa que tienen estos aliados y la forma como funciona bien aceitada la maquinaria comunista.

Su poder de penetración en organismos internacionales se siente –por ejemplo- en la Corte Penal Internacional y la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidades, ahora presidida por el ex aliada mandataria chilena, Michel Bachelet, quien sufrió las embestidas de la dictadura del general Augusto Pinochet  en carne propia, pero como toda buena izquierdista, las violaciones de la llamada derecha sí son criticables, pero las de Mao, Fidel y Raúl Castro, Stalin, Putin, las Farc o el ELN (guerrillas colombianas) o las  de Daniel Ortega en Nicaragua, no son condenables.

En la reciente declaración del Grupo de Lima criticando cualquier salida de militar en Venezuela, se expresa la inoperancia de la diplomacia latinoamericana, sumergida en el discurso estéril, mientras la realidad nacional, negada por el gobierno de Nicolás y sus camaradas como Rodríguez Zapatero, se agudiza y se refleja en los índices de desnutrición, hambre y muertes por falta de atención médica adecuada y alimentos, y el éxodo masivo en condiciones infrahumanas.

Esa misma inoperancia se expresa en el liderazgo democrático venezolano, empecinado en defender sus limitadas parcelas y sus egoístas intereses, mientras el país se derrumba en medio de la desesperanza, la diáspora y el hambre, que hace mucho tiempo entraron en el cuadro de “crisis humanitaria”, pero no puede ser reconocido por el gobierno porque sería el fracaso del socialismo del siglo XXI.

El juego está trancado. La mayoría opositora venezolana sola no puede solucionar un problema con raíces internacionales. Y para quienes aún insisten en vivir en Venezuela ya la desesperanza hace mella en su espíritu, creando un  clima oscuro en el que  todo lo ocurrido se justifica porque es un “plan diseñado por Cuba para controlar a la sociedad”. Esa excusa sirve para todo, incluso para tapar la ineficiencia y corrupción desenfrenada que ha provocado la crisis que vive la nación y no responsabilizar el embargo yanqui como causal de fondo. El chavismo es tan inepto que ni el dinero y el poder pudieron garantizar el control total; ahora caminan por un destino incierto y el rechazo mayoritario interno y externo.

Su fracaso inminente (eso no implica que su caída sea a corto plazo) es producto de su desubicación histórica. Con una ideología obsoleta y una visión social desfasada de un contexto que demanda nuevas formas de comprender, interpretar, organizar y actuar, impregnadas de corrientes tecnológicas, biológicas, informativas, culturales, religiosas y educativas, la dirigencia chavista insiste en mantener un modelo comunista cubano totalmente desfasado, carente de innovación, preocupado por el control del poder.

La declaración del secretario de la otrora aliada del chavismo, la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, no descartando la acción militar en Venezuela, responde a la presión de seguridad continental que ha generado el chavismo con sus vínculos con el narcotráfico y el terrorismo, el problema de inmigración que se ha convertido en  un asunto de estado para Colombia, Brasil, Chile, Argentina, Ecuador, Perú y la misma Estados Unidos. Dicha posición es una respuesta a la inoperancia de la diplomacia latinoamericana que durante 20 años ha permitido los desmanes y el deterioro de los derechos civiles y democráticos, por complicidad (negocios con la bonanza petrolera) o falta de interés.

Incluso, la realidad  y las cifras de Petróleos de Venezuela así lo confirman, el mismo imperio yanqui financió al chavismo y sostuvo a la economía cubana, porque de todos es sabido que los clientes buenos son los gringos que siempre compran petróleo, y ahora que escasamente se producen 1,2 millones diarios, casi el 50% se destina al odiado enemigo que sí paga en dólares. Es decir, la bonanza la financió el archienemigo ¡que ironía! Los chinos y rusos solo ven en el chavismo un  aliado de una república bananera cercana a Estados Unidos, que les permite obtener algunas materias primas e influencia en sus prácticas imperialistas.

El enemigo del chavismo es el chavismo. No son los yanquis, tampoco el capitalismo, su economía de mercado y su mundo financiero. Es su incapacidad de interpretar los intereses de una generación impregnada de avances tecnológicos y de una movilidad social y cultural sin parangón en la historia; su adversario es la concepción del control del poder y la poca oferta que le da a la sociedad de superarse  y construir un país que viva  más allá del rentismo petrolero, del oro y de otros recursos naturales, y sea capaz de producir, generar riqueza y aspire a vivir mejor.

Elaborar la mezcla social que una las partes del país, es un esfuerzo que va más allá de la visión e intereses de un pequeño grupo. Militarismo y rentismo son dos términos que la sociedad debe dejar atrás para construir una Venezuela engranada en la dinámica económica, tecnológica, científica y cultural global. Ese es el reto.

Tamaño compromiso implica romper con patrones culturales arraigados como el consumismo y la dádiva oficial, ésta última lo único que acentuó fue la manipulación y el control político de las nomenclaturas (antes AD  y Copei, hoy el chavismo) que históricamente evolucionaron hacia la mediocridad y pérdida de valores en la función pública. La experiencia de quienes han emigrado hacia otros países es entender el valor del trabajo y del estudio, la importancia de la esperanza, la búsqueda de un mejor vivir, el enlace y legado generacional (padres-hijos) y el respeto a la ley. Lo irónico del asunto es que gran parte de esa diáspora no lo practicaron a tiempo en su propio país.

Sin embargo, en esa diáspora también se recoge lo que críticamente dice JJ Rondón, citado por Ángel Monagas (Biendateao 14-09-2018): “En redes critico duramente a todos los venezolanos que desde el exterior, hacen gala de riqueza, de celebraciones, de disfrute, sin percatarse de la miseria y la triste situación de los que vivimos en Venezuela. Peor JJ son aquellos políticos, que desde el exilio o en la propia Venezuela, viven de “selfie en selfie”, de twitter, Instagram, etc, exhibiendo risas, marcas, lugares. Algunos se molestan con nuestras críticas y fíjense que no me refiero a abstenerse de disfrutar, sino de mostrar”.  Es la cara de quienes se van añorando el pasado de la bonanza petrolera, la arrogancia, los de la enfermedad espiritual.

Un nuevo contrato social en Venezuela interpretará la propuesta- por ejemplo- de Joaquín Estefanía (Necesitamos un nuevo contrato social, El País 16 de septiembre de 2018), “El objetivo del mismo debería condensarse en la extensión de la democracia en una doble dirección: ampliar el perímetro de quienes participan en tomar las decisiones (ciudadanía política y civil) y extender el ámbito de decisión a los derechos económicos y sociales (ciudadanía económica) que determinan el bienestar ciudadano”.

 

 

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