Hugo Delgado: Drones, cuadernos y candidatos presos

Hugo Delgado: Drones, cuadernos y candidatos presos

COMPARTIR

La semana  del   30 de julio al 5 agosto de 2018, volvió a convulsionar, con informaciones latinoamericanos que enriquecen el acervo de los asombros. Un dron detenido con “un escudo de amor” salva la vida del ilegítimo mandatario venezolano, Nicolás Maduro; un preso por escándalos de corrupción que aspira a la presidencia de Brasil y es favorito en la encuestas; ocho cuadernos escritos a mano por un chofer delatan  las coima de la familia Kirchner en Argentina.

El nobel de literatura, Mario Vargas Llosa (La muerte del delfín, El País 5 de agosto de 2018) escribió: “¿Cuántas promesas se quedaron en embrión en la historia del Perú, de América Latina, por ese derrotismo psicológico que la pobreza intelectual y literaria del medio expande en torno, paralizando a los mejores?”. Una crítica a las fuertes limitaciones que se ciernen sobre el continente, generando un negativismo que limita la creatividad y la esperanza en una sociedad constantemente herida por las experiencias políticas adversas, admiradas por sus élites intelectuales, económicas y sociales, como ocurre con la dictadura castrista en Cuba, o la mal llamada revolución chavista, una quincalla intelectual sin sólidos preceptos filosóficos que la definan.

El refinamiento tecnológico ahora entrega a los  regímenes, herramientas para controlar y manipular mejor a la sociedad. La perversión es más efectiva porque los medios dan infinitas posibilidades para mantenerse en el poder. Lo ocurrido recientemente en Caracas en donde sucedió un “supuesto atentado contra el ilegítimo presidente Nicolás Maduro”, es una muestra de la capacidad desarrollada por el chavismo en casi dos décadas en el poder, degenerado en corrupción, violación de los derechos humanos, y manipulación de la justicia y de los procesos electorales.

Evidentemente, ningún escudo del amor (una metáfora de mal gusto típica del interlocutor disparatero) podía detener una amenaza real de un letal dron cargado del peligroso explosivo C-4. Lo visto en la parada castrense con motivo del 81 aniversario de la cuestionada Guardia Nacional del Pueblo, evidenció el poco compromiso con el mandatario (al ocurrir el incidente los uniformados salieron corriendo),  una primera dama poco sorprendida con el hecho, una maquinaria informativa evidentemente con un guión preparado, en cuestión de minutos responsabilizaron al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos y a una oposición ultraderechista, de ser los autores del supuesto atentado, un grupo de militares que asumen (aprovechando la confusión del hecho) una dudosa responsabilidad. En fin un libreto típico cubano, para concentrar un apoyo inexistente en torno a la víctima y reducir la creciente presión social y económica que tiene en jaque su existencia. Ya Hugo Chávez había afinado la oscura estrategia del magnicidio, tal como se lo enseñó Fidel Castro.

Si bien la desesperanza y la poca fe, caracteriza a la sociedad venezolana, también es cierto que la situación que vive el país y la que viene, no garantiza la permanencia del inepto presidente y su camarilla cómplice de la corrupción, el narcotráfico y vínculos con el terrorismo. El temor de quienes ostentan el poder es la condena a la que se expone. Todas las conversaciones han fracasado porque el punto de honor es la impunidad, pero hay crímenes de lesa humanidad que no prescriben, he ahí el dilema.

Al sur del continente, y nada ajeno a la realidad venezolana  porque son  cómplices de la red castrocomunista y del Foro de Sao Pablo, el cerebro del mayor escándalo de corrupción intra y extra territorial, el ex presidente de Brasil, Ignacio Lula da Silva, presiona al poder judicial con su Partido de los Trabajadores en la calle, para que acepte su candidatura en las venideras elecciones presidenciales a realizarse en octubre de 2018. El problema no son las pruebas que lo vinculan al caso Lava Jato, sino que goza de las preferencias de los votantes. Algo inaudito que un corrupto sea el favorito.

En Argentina el humilde chofer del secretario de Coordinación del Ministerio de Planificación, Roberto Beratta, cuyo titular era el aliado número uno de Hugo Chávez, Julio De Vido, escribió ocho cuadernos en los que narra la ruta de las “coima” o comisiones que durante diez años terminaron en manos de Néstor y Cristina Kirchner. Funcionarios de confianza y empresarios ligados a estos gobiernos están presos o perseguidos.

Tratando de explicar lo ocurrido en Argentina y Brasil, Héctor Schamis escribió (Corrupción sistemática, El País 5 de agosto de 2018) “Ya no era más la vieja coima, la mordida para el funcionario. Aquello era casi inocuo, una manera normal de hacer negocios con el Estado y no únicamente en América Latina. Esta corrupción, la nueva, parecía ser un régimen político en sí mismo, un verdadero sistema de dominación…Es decir, corrupción sistémica. Odebrecht no era el canciller pero era “como si”…fuera el canciller. De hecho, el empréstito internacional en beneficio de las grandes constructoras brasileñas fue parte esencial de la política exterior de Rousseff y, en consecuencia, fuente de recursos ilícitos que el partido de gobierno utilizó en su estrategia de permanencia en el poder”.

Enfatiza, “las cifras son de por sí elocuentes, pero no es todo. La investigación reveló que, además, Odebrecht hizo escuela en toda América Latina. Sus filiales, socios y subcontratistas, al igual que los imitadores, diseñaron redes de criminalidad transnacional, con recursos extraordinarios y capacidad de monopolizar las licitaciones públicas y capturar el aparato del Estado. Típicamente, ello reduce al gobierno a mero instrumento de la corrupción. El dinero habla, pero sobre todo manda”.

Lo grave en estas realidades latinoamericanas es que el factor común es la permanencia en el poder por mucho tiempo, lo que genera prepotencia, autoritarismo, corrupción y viola el Estado de Derecho, lo que a su vez, conlleva  a la impunidad. En Brasil y Argentina,  a pesar de las arremetidas de los paquidermos del lulismo y el kirchnerismo, todavía se mantiene una separación de los poderes que ha logrado encarcelar a los corruptos. Esto todavía no ocurre en Venezuela porque el chavismo controla la estructura formal y monopoliza la fuerza; sin embargo, la crítica situación que vive la población no garantiza su control y por los vientos que soplan se presagian cambios, más ahora que el mismo Maduro, Diosdado Cabello y otros representantes del chavismo reconocen el fracaso de su modelo.

En el caso particular de Venezuela, la sociedad enfrenta un reto nada simple, transitar del modelo petrolero a otro capaz de absorber los beneficios de la tecnología, el humanismo y la globalización. Eso implica revertir la dependencia del Estado y el consumismo desenfrenado que la caracteriza, por otra en la que la educación, la fortaleza familiar, los valores y la ética social incidan en el comportamiento ciudadano, y el concepto de trabajo se conciba como un generador de riqueza y bienestar, aunque en medio de la crisis y la diáspora de los últimos años, los venezolanos demuestran que sí pueden asumir otro concepto de desarrollo adaptado a los nuevos tiempos.