Hugo Delgado: El Macondo latinoamericano

Hugo Delgado: El Macondo latinoamericano

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Grandes lecciones políticas y sociales confluyen en la historia de Latinoamérica en los últimos meses, que inducen a cualquier psiquiatra a entender el comportamiento de sus sociedades. En Brasil el artífice del más grande complot de corrupción conocido en el continente es el favorito en las encuestas para las venideras elecciones presidencias. Ignacio Lula da Siva, el cuestionado ex mandatario, preso por el escándalo Lava Jato y estar detrás de la red de corrupción emanada de las oficinas de Odebrecht y Petrobras, para apoyar los bolsillos de gobiernos aliados al eje Foro de Sao Pablo-La Habana, está irónicamente primero en las encuestas.
En Colombia, Gustavo Petro, un ex guerrillero del M-19, aliado del nefasto artífice del socialismo del siglo XXI, Hugo Chávez, y de Lula da Silva, se convierte en el segundo favorito en la carrera presidencial, a pesar de su corrupta e ineficiente gestión en la alcaldía de la capital Bogotá. A pesar de su firme apoyo al gobierno de Cháves y Nicolás Maduro y dejar una ciudad anarquizada con varios escándalos por negocios oscuros, el ex insurgente logró aglutinar a los grupos de izquierdas articulados con La Habana, para utilizar las bondades de la democracia y asaltar el poder, tal como lo hicieron en Venezuela, Argentina con Cristina y Néstor Kirchner, Evo Morales en Bolivia (ahora empecinado en la reelección) y el ex sandinista, Daniel Ortega, agobiado por protestas que piden su destitución y crímenes de lesa humanidad.
Pero que hace que en el Macondo latinoamericano (la población mágica de la obra del escritor Gabriel García Márquez, el premio Nobel de Literatura gran amigo del dictador comunista, Fidel Castro) emerjan este tipo de polémicas figuras en la política, aglutinando las frustraciones, cargas psociopáticas, odios, la violencia desmedida y la mentira como aliado vinculante, para luego emprender proyectos individualistas contrapuestos a los intereses colectivos, que desembocan en autoritarismos y dictaduras disfrazadas de democracia, con participación nula y soportadas por las redes clientelares, opuestas al trabajo productivo, a la generación de riqueza y bienestar y al sentido de responsabilidad que debe prevalecer en las sociedades modernas.
En Argentina, Mauricio Macri trata de enmendar el entuerto económico y social dejado por las medidas populistas de los Kirchner. En Venezuela, el experimento del socialismo de Chávez dejó al país arruinado y en crisis humanitaria. En Ecuador, el sucesor de Rafael Correa, Lenin Moreno trata de salir de las deudas y la corrupción dejadas por su predecesor. En Nicaragua, la sociedad comienza a despertar ante el despotismo de Daniel Ortega. Ese es el camino al que aspira llegar Colombia, con Gustavo Petro, en momentos cuando el país trata de cerrar uno de sus capítulos de violencia más sangrientos.
Conocidos los resultados del domingo 27 de mayo de 2018, la sociedad colombiana se debate entre acoger al incompetente y corrupto, Gustavo Petro, o Iván Duque, candidato del partido Centro Democrático del ex presidente, Álvaro Uribe (2002-2010), figura central contra la que el comunismo latinoamericano ha enfilado sus armas por ser el más peligroso enemigo de sus intereses. Lo demostró en los ocho años de gobierno en los que puso de rodillas al Ejército de Liberación Nacional (ELN) y a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y los colocó al borde de la derrota militar, su objetivo era negociar su desarme total en posición ganadora; sin embargo, su aliado y ministro de la Defensa, Juan Manuel Santo, no jugó con las mismas cartas y decidió tomar su propio camino hacia la paz, proceso que hoy anda cojeando por los vacios que dejó y que impidieron que la sociedad colombiana la apoyará plenamente.
Uribe es una figura polémica en la política colombiana. Se atrevió a pensar el país en uno de los episodios más complejos de la nación. Desde su perspectiva buscó el fortalecimiento de la institucionalidad, columna vertebral para la sociedad, enfatizar en la seguridad, reorientar la economía potenciando la inversión y desarrollando sus recursos humano y naturales. Era difícil navegar en una situación impregnada por la insurgencia armada (guerrilla y paramilitarismo), narcotráfico y la poca fe en Colombia, por eso se han creado cientos de leyendas y denuncias que no han llegado a ninguna parte.
Este paisa con un efectivo equipo de trabajo logró sacar de la tormenta a Colombia. Sus detractores lo atacan desde los poderes judicial y legislativo; la traición de Santos impidió la derrota de la guerrilla y afianzar aún más la economía. Su legado le permitió salir con poco más del 60% de popularidad y lo mantienen vigente en la política nacional, más cuando se ha convertido en el pilar de la crítica a un proceso de paz débil que aún no termina de encausarse por la insinceridad de las Farc y el ELN y su vinculación directa con el narcotráfico y el comunismo orientado desde Cuba.
En el Macondo latinoamericano todavía emergen figuras como Petro y Chávez, que aupados por una irresponsable sociedad, descargan toda su frustración en pro de un proyecto empobrecedor y altamente nocivo para el verdadero desarrollo de estos países. Luego de conocerse los resultados de la primera vuelta, era segura la confrontación de dos polos extremistas de derecha (Iván Duque del partido uribista Centro Democrático) y Petro de la colación izquierdista con presencia del ahora partido político de las Farc, entre otros.
Radicalizado el proceso electoral, en las próximas semanas será crucial la consolidación de alianzas de Iván Duque con los candidatos Vargas Lleras (7,5%) y Fajardo (23%), así como la motivación del casi 46% que no participó. Igual estrategia buscará Petro cuyo discurso electorero intenta cobijar su espíritu de lobo rojo con una piel de democrática de oveja, tal como lo hicieron sus aliados Chávez y Nicolás Maduro.
Si la política es como la define el SJ, Arturo Sosa Abascal, “pensar el país es una acción política absolutamente imprescindible para quienes concebimos la política como el fruto de decisiones humanas responsables, referidas a personas concretas que toman decisiones sobre el quehacer colectivo”. De ser así, Colombia tendrá el reto de aprender de su larga historia y darle dirección a su sociedad, decidiendo acertadamente la escogencia de su próximo presidente y evitar el asentamiento de su frustración e incertidumbre sobre su futuro. Venezuela puede ser el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer.

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