Hugo Delgado: La burla nacional

Hugo Delgado: La burla nacional

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Mientras la diáspora de venezolanos crece hacia cualquier  país, la xenofobia comienza hacer mella en algunos destinos de esos inmigrantes, los niños mueren diariamente en las maternidades o de desnutrición, los enfermos padecen penurias en los hospitales y clínicas privadas, las ciudades agonizan en medio de la oscuridad, la basura, la desidia, la inseguridad y los huecos, el ilegítimo presidente,  Nicolás Maduro, se burla del dolor y la crisis que vive el país en todos los escenarios de su vida  pública, con bailes de salsa, sarcasmo y desconcertantes señas que solo transmiten con gestos mudos, la inexplicable gestión presidencial.

La desesperanza comienza hacer mella en el alma nacional. La gente huye sin destino preciso y a la buena de Dios. Colombia una incipiente economía que pasó por los traumas dejados por el narcotráfico y el terrorismo de los aliados del chavismo, comienza a sentir el peso del éxodo de venezolanos que ya saturan los parques y otros sitios públicos de ciudades fronterizas y del interior, y que hasta el momento sobreviven por algún gesto de solidaridad, el trabajo informal o el subempleo. Una  realidad que ya abre la posibilidad de crear campos de refugiados para atender la salud y alimentación de la gran masa movilizada, no solo hacia la nación neogranadina sino hacia Brasil.

Escribe el profesor Ángel Oropeza en su artículo Rompiendo el círculo (El Nacional 19 de febrero de 2018) sobre el efecto de la desesperanza. “El poder del desaliento y la desesperanza es devastador, tanto en la vida de las personas como de las colectividades. En nuestra Venezuela de estos días, cualquier acción política o ciudadana futura requiere romper el ciclo autorreforzante de la desesperanza, porque ella paraliza, conduce a la inacción, a la resignación y a la entrega. El desaliento, no en vano alimentado permanentemente por quienes nos oprimen, impide que las personas puedan ver su real fortaleza y sus capacidades objetivas, y oculta estas bajo la convicción aprendida de que nada se puede hacer y que todo está perdido… No hay tarea más urgente para la dirigencia política y social del país que romper el ciclo perverso y paralizante de la desesperanza”

Ver a un presidente burlesco, desprestigiado, comprador descarado de conciencias golpeando el estómago, corrupto sin escrúpulos que utiliza el hambre para hacer negocios oscuros con el nefasto Clap,  sin ideas para gobernar un país en tiempos del siglo XXI, evidencia la decadencia política de Venezuela. Poco importan los recursos naturales, ni el mito de “somos ricos”, Venezuela hoy navega en medio de una de las tormentas más complejas de su historia, mientras su dirigencia ambigua no precisa su rumbo y la sociedad poco compenetrada con los valores nacionales solo atiende a sus necesidades de supervivencia.

La baja autoestima  y la desesperanza hacen estragos en el espíritu de una nación condenada a vivir en sus propios errores ¿O es que acaso Hugo Chávez y Nicolás Maduro no fueron producto de su propia descomposición? ¿O de la dirigencia miope que se cobija con el manto de los principios democráticos para esconder sus errores o intereses particulares, que han permitido al chavismo entregar a Venezuela a los intereses del narcoterrorismo internacional, a las dictaduras cubana y china,  y la disfrazada democracia de Vladimir Putin?

En marzo de 2017, las autoridades colombianas visitaron campos de refugiados de Turquía y Siria para conocer la experiencia en el manejo de esta opción humanitaria. Las cifras de emigrantes venezolanos es incierta oscila entre 600 mil y 1 millón, pero destaca que en esa movilización hay ciudadanos descendientes de neogranadinos cuyos padres y abuelos se vinieron de sus tierras  huyendo de la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades, para mejorar sus condiciones de vida. Ahora la situación es inversa, esos hijos vuelven al terruño de sus ancestros a buscar una  esquiva mejor vida que les permita superar el trauma de Venezuela.

La presión internacional, sin duda impacta a Nicolás y sus secuaces. Ellos saben que sus tiempos se acortan y sus limitadas capacidades gerenciales les impiden superar los escollos ideológicos, inflados por los petrodólares,  que condujeron al país hacia el desastre. El cambio de la política exterior de Estados Unidos y las sanciones  de la Comunidad Europea, sin duda están afectando al gobierno y obligan a la inestable Mesa de la Unidad Democrática a tomar decisiones contundentes, como el rechazo al documento-acuerdo vendió por el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero como el salvador de la democracia, y la firme posición que debe acompañar el “no” rotundo a una elecciones presidenciales viciadas y parcializadas que serán rechazadas a nivel mundial, pero que también deben acompañarse con una contundente acción de los demócratas.

A la par de la alianza internacional, las fuerzas democráticas deben trazar un camino único para encerrar de una vez por todas al débil gobierno de Maduro, soportado en este momento por los militares y la estructura formal del Estado. Escribe Héctor Schamis en su artículo Diplomacia latinoamericana (El País 18 de febrero de 2018) “Son otras las cosas que le duelen a Maduro, no el rechazo de la cumbre. Primero, le duele la Carta Democrática de la OEA. Sin embargo, al constituirse en foro paralelo pero informal—es decir, sin instrumentos institucionales para sancionar—el Grupo de Lima desplazó el problema de Venezuela fuera de la OEA y disolvió la efectividad de la diplomacia multilateral. La presión para el régimen disminuyó de inmediato… Las sanciones deberían ampliarse a los familiares de los funcionarios, quienes viven de esos dineros mal habidos fuera de Venezuela. América Latina podría así unirse a las naciones democráticas de Europa y América del Norte en una condena con consecuencias… Es la hora del realismo y la diplomacia de los dientes afilados”.

Ocurrió en Ecuador con la última consulta popular realizada para eliminar de la Constitución Nacional la posibilidad de reelección del ex presidente pro chavista, Rafael Correa; refiriendo a este hecho histórico, escribió Mario Vargas Llosa (El País 18 de febrero de 2018) “Otra sería la realidad de Venezuela en nuestros días, si el pueblo venezolano no se hubiera dejado seducir por los cantos de sirena de aquel caudillo revolucionario. Pero, al menos, ha sabido reaccionar y ahora lucha con denuedo por la democracia. Más temprano que tarde, al igual que el Ecuador de hoy día, se librará de la pesadilla. Ojalá aprenda la lección y esta sea la última dictadura de su historia”.

La reflexión de Vargas Llosa  la profundiza cuando dice “lo ocurrido en Venezuela quedará como uno de los ejemplos más bochornosos sobre el suicidio político de una sociedad. Durante cuarenta años, la tierra de Bolívar tuvo una democracia con elecciones libres que renovaban los gobiernos, que fue una de las más resueltas en combatir a las dictaduras que en aquellos años asolaban el resto del continente, y en ese período, aunque hubo corrupción, la sociedad venezolana prosperó más que ninguna otra en el continente”. Una lección que deben retomar aquellos políticos que aún desorientados no saben si bailar al ritmo de la música que coloque el chavismo y su presidente burlesco o asumir el rescate de los intereses nacionales.

 

 

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