Hugo Delgado: Un corazón para Venezuela

Hugo Delgado: Un corazón para Venezuela

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Es suficiente detenerse un instante en cualquier rincón de Venezuela para sentir el resultado de un régimen que se ha extendido durante los últimos 20 años. Nada es casual. Los hechos que la precedieron, continuaron su rumbo hasta llegar a la debacle total de un sistema, con su respectiva estructura, que coloca a la sociedad al borde del precipicio y lógicamente de la transformación.

Angustia, llanto, miedo, parálisis, desesperanza, frustración y rabia, entran en el espíritu de los venezolanos, liquidando cualquier equilibrio emocional, para convertirse en el aliado perfecto para que la nomenclatura se mantenga en el poder. Claro está que fueron los venezolanos quienes le dieron el cheque en blanco a un mesías de escasa formación, audaz y con grandes traumas y complejos, que lo impulsaron a descargar todas sus emociones negativas en contra de una sociedad adormecida, irresponsable y cómoda, que le entregó las instituciones y recursos.

Hambre y depresión pululan por las calles de Venezuela, mientras la esperanza se centra en la injerencia de algún aliado externo, la huída hacia el exterior o un cambio sorpresivo que ocurra producto de la desesperada situación que detone algún artefacto socio político que cambie el panorama nacional sin aparente lógica, producto de la imposibilidad de adquirir los elementos básicos para alimentarse o garantizar la salud. Claro está que esos sucesos no son casuales, tienen una lógica histórica, pero la complejidad de las condiciones actuales puede provocar lo impensable.

Más que hambre lo que está afectando al venezolano es el daño espiritual que le impide ver alguna opción de futuro. El hombre común se entregó a la desesperanza, pocos piensan encarar la grave crisis moral, institucional, política y económica. Su lamento diario limita ss posibilidades de salir del foso y convertirse en un ciudadano activo, con capacidad de transformar el alicaído país. Creen que todo está escrito y no generan ideas de cambio; aún no comprenden el grave daño del chavismo generado en 20 años, su incapacidad de construir la Venezuela del siglo XXI, demostró que los recursos económicos y la riqueza natural tampoco eran garantía de éxito.

Ahora cuando la gerencia rojita muestra su incompetencia para dirigir el barco, los venezolanos asumen más la imposibilidad de la sociedad de realizar cambios. Es como si el destino estuviera escrito y no pueden generarse transformaciones. No entienden que la crisis social es precisamente producto de esa conducta ciudadana y de la ruptura representativa entre gobernante y gobernado. Quienes piensan que la estrategia cubana se aplicó con éxito en Venezuela, desconocen que el relativo éxito solo se dio por el control absoluto que ya tenían los partidos y sus enchufados, del aparato del Estado y sus recursos.

La sociedad se convirtió en cómplice y corresponsable de lo que hacían los gobernantes. Esa situación no cambió con Hugo Chávez y tampoco sucedió con Nicolás Maduro. Es un comportamiento secuencial que sólo indica el camino hacia la indetenible crisis que vive Venezuela. La complejidad de la solución es producto de la incapacidad de la sociedad de generar los cambios necesarios para superar el modelo basado en la renta petrolera. Se hace necesario que surjan grupos de pensadores que construyan los sistemas y estructuras que absorban los fenómenos sociales, culturales, educativos, económicos, políticos, tecnológicos y científicos, que ya transforman activamente al mundo. No es un asunto particular del país, es una realidad que lo envolvió y la dirigencia no supo interpretarla, por eso es inminente la caída del modelo relacional de las élites que controlan el poder (no solo chavismo, incluye a las organizaciones económicas, políticas y académicas).

Tarde o temprano va a ocurrir. Con la injerencia o no del exterior, Venezuela encara un gran compromiso para su transformación. Las universidades llamadas a interpretar y aportar están más empecinadas en sobrevivir reproduciendo un modelo funcional obsoleto, en el que sus objetivos se desvirtuaron totalmente, esa es su verdadera crisis. En la Universidad del Zulia, por ejemplo, un funcionario de seguridad gana más que un profesor con título de doctor y máxima categoría, y el estudiante, en esa escala de prioridades (siendo él la razón de ser), es el menos protagonista y relevante cuando se toman las decisiones. Pero lo más grave es que su norte se perdió en medio del colapso social, político y económico, sin que su élite pensante proponga nada.

Claro está que existe un grupo de académicos, integrado entre otros por el profesor de Harvard University, Ricardo Hausman, que sí está construyendo un modelo para sacar a Venezuela de su obsoleto rentismo petrolero. Su experiencia en asesorar gobiernos, entre estos un antiguo enemigo de Estado Unidos, Vietnam, ahora es su aliado comercial, lo coloca como uno de los personajes importantes de la nueva fase que se aproxima.
Para el chavismo dirigido por Nicolás Maduro, aunque ahora quiere divorciarse de ese legado para no vivir a la sombra de Hugo Chávez, centrarse en obsoletos preceptos, tal como lo hacen sus aliados cubanos, es un gran error porque Venezuela no es Cuba. Más ahora cuando la geopolítica mundial está obligando a Estados Unidos a retomar con importancia lo que sucede en su propio continente y ser menos complacientes que Barack Obama, George Bush y Bill Clinton, con respecto al problema cubano-venezolano.
La estrategia cubana de colocar a Venezuela en el eje de la guerra fría, puede costar caro. Rusia y su super agente de la KGB, Vladimir Putin, como presidente tienen que mostrar su músculo de potencia (económico, político y militar). La duda que surge es hasta qué punto puede soportar el gasto destinado a la industria bélica, en momentos cuando las sanciones internacionales ya minan su economía.

El otro aliado del cubano chavismo es China, una potencia que muestra una robusta economía, un desarrollo tecnológico e industrial ambicioso, pero que tiene millones de pobres que son los que le proveen su ventajosa mano de obra competitiva y cuyas baratijas van a parar al mayor mercado de consumo: Estado Unidos. La pregunta obligada es ¿estará dispuesta a arriesgarlo todo por unos pocos barriles petroleros que son los que produce Venezuela para cubrir los pagos de su enorme deuda estimada en más de US $50 mil millones? Sin duda, el gigante asiático solo busca materias primas y mercado, poco le importa el desarrollo de estos países latinoamericanos. Son extremadamente pragmáticos, corruptos y autocráticos.

Para el venezolano que se queda, o la minoría que tiene fe, el dilema es existencial, es depurar a las élites partidistas que solo buscan negocios para compartir el pedazo de la torta petrolera. No importa si hacen negocios con los aparentes rivales, tampoco hay que propiciar los cambios porque “estamos comiendo”. Incluso los sectores más golpeados con la crisis asumieron su papel de cómplices compartiendo una parte de la tajada, con los espejitos (bonos insignificantes) que reciben periódicamente para garantizar la fidelidad al régimen.

En su reciente artículo publicado en el diario El País (Lula entre las rejas 15-04-2018), el Premio Nobel de Literatura, María Vargas Llosa, siembra esa esperanza en este convulso episodio en el que el cerebro de la corrupción izquierdista latinoamericana, Ignacio Lula da Silva, fue enviado a la cárcel, un ejemplarizante enseñanza que nos hace pensar que en este lado del tercer mundo hay justicia. Esa es la verdadera democracia y libertad, y la sociedad puede ser protagonistas, ese es el toque que necesita Venezuela para salir de sus males.

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