Hugo Delgado: Un momento con Francisco

Hugo Delgado: Un momento con Francisco

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El  6 de septiembre de 2017, pasada las 4 de la tarde, el Papa Francisco arribó a Santa Fe de Bogotá. Era  el tercer Papa que llegaba a la capital de Colombia, lo antecedieron Pablo VI y Juan Pablo II. Su milimétrica visita, generaba suspicacias. Los agudos críticos colombianos, antes de su llegada, iniciaron su andanada de especulaciones; unos querían darle matiz político, otros buscaban descalificar su visita por considerarla un espaldarazo al presidente Juan Manuel Santo y el proceso de paz emprendido en medio de la diatriba jurídica y de una contienda electoral 2018 sin escrúpulos y caracterizada por los intereses individuales de los aspirantes a la primera magistratura.

El 7 de septiembre, el resplandeciente sol  bogotano abrió la jornada mañanera, presagiando el encuentro espiritual del Papa Francisco con los jóvenes, en la histórica Plaza de Bolívar en donde se concentran los poderes de la república. 22 mil espectadores se congregaron para escuchar el mensaje directo enviado por el sumo pontífice para que asumieran  el reto de construir el futuro, con fe, amor, esperanza y dejando atrás los obsoletos paradigmas que impiden la evolución de la sociedad. Los invitó a no tener miedo y no dejarse robar la alegría. Palabras con las que invitó a ese importante sector a superar odios y resentimientos para construir  un país justo e incluyente.

En la primera homilía en Colombia,  el Papa Francisco logró enviar su mensaje apostólico a más de 1,3 millones de feligreses, algunos esperaron desde la noche anterior, que soportaron las bajas temperaturas. Una pertinaz lluvia comenzó a caer en el popular Parque Simón Bolívar sitio de concentración, la misma se agudizó antes de la llegada del sumo pontífice, pero al inicio de la misa, el clima se alió para que sus palabras llegaran en  paz a sus receptores espirituales, invitándolos a la reconciliación verdadera, a colocar los intereses comunes sobre los particulares, a no tener miedo para asumir los retos de un sociedad diferente. Una experiencia sin igual, con creyentes pacientes y reflexivos.

Igualmente se reunió con los arzobispos colombianos y la Conferencia Episcopal en la que mostró su preocupación por la situación de Venezuela, enfatizando en la solución dialogada, un compromiso que tiene que asumir esa nación para salir de la grave crisis que la azota. Obviamente su posición pública  deja en el limbo de la especulación, la conversación real y las conclusiones  con el clérigo venezolano, abiertamente crítico del Gobierno del ilegítimo presidente, Nicolás Maduro, ahora fortalecido por el dinero ruso y chino que está financiando su gestión.

Inteligentemente y demostrando gran habilidad comunicativa, el Papa  ha centrado su discurso en la sinceridad  en el proceso reconciliador, fue más allá del simple apoyo del cuestionado proceso de paz emprendido por el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. Su mensaje fue directo a los niños y jóvenes, estos últimos responsables de la construcción del futuro; critica a los corruptos, a los gestores de violencia, de la exclusión social y de las injusticias sociales; también  increpó a los representantes de la iglesia para que sean verdaderos pastores  y no gestores  de egos personales y de inclinaciones por el dinero y el poder.

Villavicencio, ciudad enclavada en el llano colombiano, centro de  la prosperidad petrolera y agropecuaria, víctima de la corrupción, se convirtió en el epicentro del discurso reconciliador del Papa Francisco; escuchó con gran interés los relatos de excombatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), de los grupos paramilitares, de víctimas que perdieron seres queridos, y canalizó hacia otros horizontes de paz, a esa fuerza frustrante y vengativa, que impide la verdadera transformación social. Refirió, como un homenaje a los indígenas presentes, la importancia de preservar el medio ambiente, especialmente del delicado equilibrio natural de la amazonía. Su abanico temático encerró el espíritu de un país desangrado por guerras,  el narcotráfico y la corrupción, y reforzó el halo humano de una sociedad  habida de amor, perdón, justicia, verdad e inclusión.

En su tercer día de periplo, Medellín mostró su fuerza cristiana. La lluvia de la madrugada del 9 de septiembre no impidió que más del millón de feligreses abandonaran su interés por escuchar al Papa Francisco. La fe emanada de la  capital paisa  fue impresionante. En el relato del periodista Edison Vanegas del diario El Espectador (La madre que burlo la seguridad del Papa para que bendijeran a su hijo enfermo, 9 de septiembre de 2017) quedó plasmada esa espiritualidad: “En su mirada siento que Paula ha pasado por tantas pruebas de fe que, sin saber mucho de ella, estoy seguro que Dios tiene un propósito muy grande para su familia, esa misma que se abrazó y lloró después de lograr algo que para muchas personas podría ser un imposible: recibir la bendición del papa Francisco para su hijo Santiago Salazar Jaramillo, quien, dice, sufrió de síndrome de muerte súbita infantil y quedó con parálisis en su cuerpo y cerebro”.

En la reseña del  diario El Tiempo de Bogotá relacionado con el discurso en el  Parque Las Malocas de Villavicencio (8 de septiembre), “el Papa Francisco comenzó su intervención señalando que respeta profundamente a las víctimas. El obispo de Roma señaló que la reconciliación debe estar acompañada de la verdad, para poder construir la paz que Colombia ha estado buscando. Concluye pidiéndoles a los colombianos que pidan y ofrezcan perdón, porque es hora de sanar heridas, de tender puentes y de limar diferencias”.

Su lento caminar y su integración con la razón de ser de la iglesia, el pueblo, especialmente aquel excluido y víctima de la violencia social y política, muestra su intención de mostrar el camino de la iglesia futura, aquella integrada verdaderamente a los asuntos de interés de su feligreses, y no una institución enclaustrada en cuatro paredes, cómplices silentes de los abusos del poder, la corrupción y las injusticias. Su llamando a los jóvenes responsables de la construcción de la sociedad, es para que no se dejen llevar por los prejuicios e intereses de viejas dirigencias gestoras de los males  que afectan no solamente a Colombia, sino a  otras naciones como Venezuela, que hoy sufre los embates de un gobierno dictador, corrupto, obsesionado con mantenerse en el poder.

El fervor mostrado en Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena, es un claro ejemplo de la importancia que tiene la iglesia cristiana en momentos cruciales como los vividos por Colombia, más ahora que el Ejército de Liberación Nacional acuerdan el cese al fuego con el gobierno,  los paramilitares ofrecen acogerse a la justicia y la Farc pasan a ser un partido político. Una fase vital para el futuro del país que obliga a los creyentes a pasar de la palabra a la acción, con una iglesia aliada, humanizada, reconciliadora, pecadora, incluyente, fiel a la huella de Jesús hecho hombre.