Marcelo Morán: El devorador de libros

Marcelo Morán: El devorador de libros

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Luis Franco fue reprobado en el examen físico tras presentarse como voluntario en un destacamento de la Armada venezolana. Aspiraba ser soldado. Aunque la milicia no era su vocación, privó más sus necesidades: allí esperaba tener, el desayuno, almuerzo y cena que no podía ofrecerle con regularidad la generosa señora Nieves; su madrasta.

Luis es un muchacho de veinte años, tranquilo y muy respetuoso. Es moreno, espigado y de lento andar. Él dice que mientras camina sueña con lo que va observando. De pronto se ve conduciendo un vehículo de última generación, otras veces se ve luciendo un traje caro, como un ejecutivo en una agencia  bancaria. Así va idealizando a lo largo de seis kilómetros hasta llegar al caño La “O” donde le presta ayuda a los pescadores que retornan de diferentes partes del lago de Maracaibo. Estos en compensación le regalan bagres, lisas y corvinas para reforzar el sustento en casa de la señora Nieves, el resto lo vende para los paliativos.

Luis siempre viste pantalones cortos, azules, al nivel de las rodillas, que ha reciclado de viejos uniformes. Combina esas prendas con cualquier tipo de franela o camiseta. Calza cotizas de plástico para preservar sus zapatos, que solo usa en ocasiones especiales. Sobre todo cuando su madrasta lo invita una vez por temporada a un servicio religioso: ella es evangélica.

En una mañana en que regresaba –claro está– soñando desde el caño La “O”, fue interceptado por una comisión del CICPC y llevado a la delegación de Ciudad Ojeda en calidad de sospechoso. Había sido confundido con un huele pegas, pero dos horas después fue dejado en libertad. Para Luis, aquella mañana de febrero del presente año se convirtió en una experiencia aterradora: por primera vez una escena extraña se interponía en el sueño que él idealizaba.

Luis había egresado en 2015 como técnico medio (mención Mercadeo) del liceo Raúl Cuenca de Ciudad Ojeda donde sobresalió como uno de los mejores de su promoción. Quería trabajar. Para ese propósito vendió su celular; un potecito que conservaba desde hacía cinco años y con el dinero adquirido mandó reproducir treinta y dos copias de un currículo, que como dato de interés, solo reflejaba sus excelentes notas, que promediaban los diecinueve puntos. Hasta entonces no había cumplido un trabajo formal.

Recorrió a pie durante una semana todas las empresas instaladas en la zona industrial dejando en las recepciones el escueto currículo. A la siguiente semana hizo lo mismo con las pocas empresas localizadas en Las Morochas: la mayoría fueron expropiadas por el gobierno nacional en 2008. Luego repartió otras copias en los establecimientos comerciales en el centro de la ciudad, pero a lo largo de un año no ha recibido respuesta.

Después de presentarse en la unidad de la Armada, al siguiente día fue enviado en un camión junto a otros nueve reclutas a Maracaibo adonde le harían los exámenes de admisión. Era la primera vez que visitaba la capital del estado Zulia y donde ya se imaginaba en un cine ataviado con el uniforme militar. Pero en los resultados afloró el antecedente de un viejo ataque de epilepsia, y por ese motivo fue rechazado de la conscripción.

Luis retornó con la misma bolsa de plástico en la que había llevado sus constancias de estudios y una muda de ropa después de despedirse del vecindario dos días antes. Se sentía apenado después de contarles a los vecinos su última derrota. Pero los pocos amigos que lo conocían desde hacía diez años no le creyeron la versión del cuadro epiléptico, pues en ese tiempo nunca lo vieron convulsionar. Oswaldito González, quien también cursa Mercadeo en el liceo Raúl Cuenca, aseguró que el motivo del rechazo fue otro: el estrabismo.

Luis sufre de estrabismo en el ojo derecho y quizás fue determinante en el resultado del examen médico. Un bizco –según González– nunca sabrá en un momento en qué dirección apuntar un fusil, situación que pondría en riesgo la integridad de sus compañeros de armas. Sin embargo, Luis desestimó esas chanzas de sus amigos y prosiguió buscando otra opción para enfrentar sus penurias.

Ante esa desilusión volvió a madrugar en los principales supermercados de la ciudad para guardarle el puesto a su madrasta; una señora mayor de sesenta años que como la mayoría de las  amas de casas buscan alternativas para evitar los estragos del tedio en ese degradante y largo trajinar.

Luis empezó a leer desde los cuatros años, cuando su padre llevaba de manera sensata un ejemplar del diario Panorama. Él reafirma la palabra sensata, porque el viejo parecía no tener cordura para otras cosas, como el trato que debía procurarle. Luego en la biblioteca del liceo continuó leyendo los libros relacionados con sus asignaturas.

En mayo de 2016 un vecino le prestó “A sangre Fría”, de Truman Capote: obra que leyó en tres días con desbordado interés. Luego vendrían “La Isla del tesoro”, “El general en su laberinto”, “Vidas paralelas”, del escritor lagunillense Edinson Martínez y veintitrés títulos más.

Luis asegura haber encontrado en la trama de los libros la estabilidad emocional que no ha hallado en sus padres. De su mamá no ha vuelto saber nada en los últimos dos años. Hace poco le dijeron que vivía en Santa Bárbara del Zulia. Su papá es un hombre lunático e impredecible. Más de una vez se vio  en la necesidad de pedirle refugio a su vecino Justiniano Valderrama  para evadir los inesperados arrebatos del viejo.

Luis cree que la enseñanza de la vida no solo se consigue en los hermosos pasajes de las Sagradas Escrituras, sino también en algunos libro, y pone como ejemplo el caso de Jim; personaje de la “La isla del tesoro”. Un adolescente animado por el espíritu de la aventura alcanza el objetivo que se había trazado sorteando todo tipo de pruebas. Así mismo ocurre con Santiago, el viejo pescador, personaje del libro “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway, quien logra capturar un enorme pez espada después de librar una titánica lucha en el mar, pero solo consigue regresar a tierra con el esqueleto, como muestra de su hazaña: los tiburones se habían hartado del magnífico ejemplar.

La bruja de Portobello”, del brasileño Paulo Coelho de igual modo le dejó un cúmulo de enseñanza.

Los domingo retorna del caño más temprano de lo común para escuchar el programa: “Inolvidables de la canción”, que conduce Adalberto Faría. Luis vuelve a soñar y vuelve a tener una dosis de felicidad cuando tiene como fondo las canciones de los años 60 y 70, y concluye que la vida es el libro que toda persona escribe, sin tener que garabatear siquiera una simple vocal.

Uno de los vecinos que escucha este relato comenta:

–¿Cómo puede tener cobres para comprar libros si no no tiene para un paquete de Harina Pan? No creo que haya leído veintisiete libros… Ese Luis parece un tipo tarado.

–No los compra: se los presto y después viene a comentarlos con otros muchachos. Acaba de llevarse en este momento el número veintiocho: “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo.

 

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