Marcelo Morán: Más allá de un sombrero

Marcelo Morán: Más allá de un sombrero

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No había vuelto a saber de Jeremías Ipuana desde la tarde en que nos despedimos en la parada de Cuatro Bocas, tres años atrás. El autobús que nos transportaba desde Maracaibo hacía una corta pausa para dejarlo allí, junto a un aluvión de soñolientos pasajeros.


De no ser por un mensaje de texto que recibí en mi celular el pasado jueves cinco de abril de 2018, quizás no hubiera forma de acordarme de él. En seguida vino a mi mente aquella fugaz plática que sostuvimos en la que él decretaba por medio de un juramento su inquebrantable deseo de quedarse para siempre en la sierra de Cachirí.


Ese inesperado mensaje de invitación me obligó a llamarlo al siguiente día para saludarlo y agradecerle el gesto de considerarme su amigo. En tono cordial, aseguró que permanecería allí una semana mientras completara algunas diligencias en Maracaibo. “No faltes. Traje un sombrero con tu nombre y tengo muchas cosas que contarte”, había dicho para terminar.
El domingo ocho de abril, cerca de las diez de la mañana, llegué sin contratiempo a la dirección que él me había indicado de manera rigurosa por teléfono. Desde la carretera pude distinguir la granja familiar reventada de árboles: nísperos, mangos y hermosas ceibas alineadas a la entrada. A medida que me acercaba pude detallar mejor las características de la casa: era la única en el sector con techo de platabanda y recubierto de tejas. Al fondo, sobresalía un largo corredor revestido de madera y techado también con tejas. A ambos lados de la propiedad había plantaciones de yuca y maíz de manera copiosa.


A un lado de ese cuadro de frondosidad primaveral había aparcado una docena de vehículos de última generación. A lo largo de los trescientos metros que separaban la casa del sitio en la me había dejado el transporte, se escuchaba a todo volumen el tema Mi primera cana del desaparecido cantor colombiano Diomedes Díaz. “Es una fiesta”, pensé.


El corto camino de tierra se tornaba intransitable. El paso de los vehículos había creado un barrizal con las charcas dejadas por un aguacero el día anterior. Traté de vadearlo, sin embargo, no pude evitar que mis zapatos se llenaran de barro. En medio de la canción de Diomedes, se escuchaban los ladridos de un perro negro, que estaba encadenado a uno de los árboles –para resguardar los vehículos – y se encabritaba de furia a medida que me acercaba. Esa alarma hizo asomar la cabeza calva de un hombre a través de una cerca construida de ladrillos y de un metro y medio de altura. El hombre precedió mi interpelación con una sonrisa de cordialidad: “¿Vienes de parte de alguna familia?”


–Sí, de parte de Jeremías Ipuana –respondí.


El hombre hundió su cabeza y en seguida apareció por una puerta de ciclón para darme la bienvenida con un apretón de manos. Era gordo y cuarentón. Vestía todo de blanco: guayaberas mangas largas y pantalones de dril plisados.


–Adelante, Jeremías te está esperando –dijo reafirmando la efusividad en su rostro sudado por un calor incipiente.


Atravesamos el decorado corredor en el que bailaban apretujadas cinco jóvenes parejas. El pavimento estaba hecho de cemento y en los cuatro lados había gente sentada libando licor. El hombre que me recibió resultó ser el dueño de la casa y se llamaba Pericles Rincón, y era el esposo de Raisa González, la sobrina de Jeremías. En el patio, rodeados por plantaciones de nísperos, destacaba otra casa similar en su diseño a la anterior. En su corredor bailaba también un puñado de jóvenes: era como si hubiera otra fiesta. Más allá había tres bohíos de donde entraban y salían mujeres prestas a atender las veinte mesas rebosantes de invitados de todas las edades. El chasquido de la carne asada se escuchaba a pocos metros con mucha nitidez a pesar de la estridencia de la música.


Fui llevado al último bohío en el que yacían colgados cuatro chinchorros multicolores. En uno, yacía acostado un hombre mayor, tenía lentes oscuros y empuñaba con ambas manos un bastón de palo reluciente. Me saludó con un gesto de cabeza cuando una chica, próxima a los veinte años, me ofrecía un taburete para sentarme. Detrás de ella llegó otra joven con una mesa de plástico, portátil. Armó las cuatro patas y luego colocó un mantel azul. Se retiró, y al cabo de unos segundos regresó con dos bandejas de carnero asado. Otra dama mayor, como de cuarenta años, morena clara y trajeada con una manta de color blanca con exóticos bordados a la altura de su pecho, trajo los aderezos, que constaban de yuca, queso de matera y chicha de maíz. Después se presentó mostrando un gesto de amabilidad:
–Bienvenido, soy Raisa; la sobrina de Jeremías. Mi tío me ha hablado mucho de usted. Siéntase como en familia.


–Es un placer conocerla – respondí, agradecido por las atenciones.
Desde otro bohío cercano emergió un hombre vestido con guayaberas blancas, jeans y botas vaqueras. Era alto, de contextura maciza y anchos hombros. Llevaba un sombrero borsalino negro y traía en sus manos dos botellas: una de ron y otra de whisky. Supe de quién se trataba cuando se detuvo risueño frente a mí. Era Jeremías Ipuana; estaba irreconocible. Ya no era aquel hombre de aspecto famélico con ojeras oscuras, que conocí dos años antes en un autobús rumbo a Cuatro Bocas. Había aumentado por lo menos treinta kilos, que a la vez le quitaban veinte años a su otoñal fisonomía.


–¡Qué de tiempo, hermano! –me dijo antes de darme un abrazo–. Creí que ya no vendrías.


–Por nada, me perdería lucir un sombrero de moriche.


Sin más protocolo de bienvenida, Jeremías destapó la botella de ron, que exhibía un indio en la etiqueta, y llenó una taparita equivalente a cuatro tragos.


–No puedo beber esa cantidad, hermano. Hace apenas un mes, superé un derrame pleural. En cambio, puedo comerme un chivo entero –le dije en tono de jocosidad.


–¡Con razón estas muy flaco! Ya te lo comerás –aseguró sonriendo.
Sin embargo, me tomé un solo trago, seguido de un picadillo de ovejo asado con yuca, para suavizar el efecto de la bebida.


–Ah, te presento a Rosalía, mi mujer. Ella es la madre de la niña que acabamos de bautizar –dijo Jeremías, señalando a una jovencita de modesta estatura, delgada y de copioso pelo negro. Vestía una manta guajira diseñada con bordados del símbolo clanil de su familia.


. –Es un placer conocerla, señora –le dije. Ella respondió con una frase inaudible cargada de timidez.


– La niña se llama Rosita y tiene un año de edad. Raisa mi sobrina y su esposo Pericles, son los padrinos. Este es el motivo de esta reunión. Es mi primera hembra, y espero tener por lo menos dos más en los próximos años –agregó orgulloso Jeremías.


Rosalía se llenó de rubor, colocó sobre la mesa dos vasos con agua y se retiró. No pasaba de veinte años y era evidente que Jeremías le llevaba más de medio siglo. Pero no pasó mucho tiempo, cuando de la puerta de un bohío forrado de esteras, se asomó ante el llamado de su marido:
–¡Por favor, tráeme el sombrero que está sobre mi maleta!


Rosalía regresó en seguida con el sombrero elaborado de moriche y de dos tonos: azul y rojo en cuya copa resaltaba mi nombre: “Marcelo”.


–Aquí lo tienes, hermano. No tiene costo para ti; es mi regalo de amistad.
De una vez me lo calé, y como no podía brindar por ese motivo, le di las gracias acompañado de un apretón de manos. Jeremías aprovechó mi limitación para efectuar un brindis doble. Apenas se había servido tres tragos, y el nivel del licor ya descendía cuatro dedos hacia la parte ancha del frasco. Jeremías ni siquiera movía un músculo de su cara; era como si yo bebiera con naturalidad un vaso de agua.


A continuación empecé a degustar la exquisitez de la carne asada, Jeremías, hacia lo suyo con la botella de ron, hasta que de pronto dio un giro a su parquedad.
–Más allá de este sombrero –señaló con un dedo– quería hoy tu presencia. Hay algo que me inquieta bastante… desde hace un año.


Jeremías suspiró profundo y volvió a servirse otro trago largo. Una pesada carga emocional borró de su rostro la amenidad que hasta hacía unos segundos me hacía sentir como otro de la familia. Tanto así que, sus últimas palabras, hicieron encogerme de hombros. Traté de disimular mi preocupación disponiendo de un nuevo trozo de yuca con queso. No creí que esos tragos desmesurados le causaran una prematura borrachera.
–Fue un sueño muy extraño –dijo–. Los wayuu soñamos con cosas de nuestro mundo: con el mar, con nuestros rebaños, con la sabana, con nuestros familiares vivos o difuntos. Siempre en los sueños escuchamos, hablamos, hasta podemos aparecer borrachos, pero a mis setenta años, nunca le he oído a un wayuu soñar con cosas que jamás haya visto en su vida, y que él mismo no aparezca o no se vea en el sueño. Hace dos años también viví algo parecido. ¿Te ha pasado alguna vez, hermano?
–No. Nunca –respondí desconcertado y suspirando hondo.


Jeremías había entonado cada palabra con signos de preocupación, como si ya se encontrara en el borde del sueño que se aprestaba a contar.
–Vi una montaña azul y majestuosa por cuyas cimas correteaban nubes como carneros. No sabía de qué mundo o país sobrevenía esa vista. Daba gusto mirarla en la distancia. Lo más parecido a una montaña que guardaba mi memoria de wayuu, era el cerro Epits (un promontorio con forma de teta en medio del desierto guajiro), y ahora, la sierra de Cachirí, adonde vivo y tengo la finquita. Pero las dos formaciones no pueden compararse nunca con la dimensión de aquella montaña.


Extasiado con la hermosura de aquel portento, Jeremías observó que, desde la cumbre, comenzó a tomar forma una grieta, un camino por donde descendía a toda carrera un hilo zigzagueante amarillo, como si la montaña empezara a desangrarse. En seguida por ese incomprensible y sorpresivo surco amarillento empezaron a bajar centenares de hombres: altos, robustos y uniformados de azul. Llevaban cascos del mismo color y lentes oscuros salpicados por el barro. Ellos, arrastraban gentes a través del lodo como si fueran muñecos de trapo. Así, impávidos o inconmovibles, patinaban por el sendero de barro sin mostrar signos de miedo hacia un valle en el que colocaban como escombros a los pobres rescatados.


–Allí terminó la primera parte del sueño. Como te he contado, no aparecí por ninguna parte, y nadie me habló. Era como estar, frente a la pantalla de un cine mudo. Como asegura Jeremías, este tipo de vivencias oníricas no son comunes en la tradición wayuu. Siempre hay alguien con quien pueda interactuarse y del que pudiera recibirse una instrucción o mensaje a fin de prevenir la llegada de un evento indeseable. Siempre ha sido así. Un sueño en la cultura wayuu no solo puede inquietarle la vida a quien haya tenido la experiencia sino a toda su familia, quien hará lo indecible para apoyarlo.


Jeremías por primera vez llevaba a su boca un trozo de carne asada, tragaba con avidez. Luego tomó un sorbo de agua y retomó la plática:
–¿Has tenido alguna vez un sueño, parecido?
–No, hermano –le dije sorprendido.


A partir de allí comencé a desgranarle lo poco que yo había leído sobre los sueños y algunos casos emblemáticos registrados en la historia, comenzando por la experiencia vivida por José, el hijo de Jacob, en su estadía en Egipto dieciocho siglos antes de Cristo. Esa vez quien tuvo el sueño fue el faraón y el joven hebreo por intermediación de Dios pudo decodificarlo para que el monarca tomara previsiones y evitara la llegada de una terrible hambruna, que azotó a gran parte del mundo en esa época. Era aquella famosa representación de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas y que hasta nuestro tiempo ha dejado una clara enseñanza sobre cómo deben llevarse los recursos de un país en tiempos de bonanzas y cómo administrarlos en tiempos de crisis.


Otro célebre sueño –también reflejado en la Biblia– es del rey babilonio Nabucodonosor, ocurrido mil doscientos años después del evento de Egipto y seis siglos antes de Cristo. Este suceso involucra a Daniel, un joven también hebreo, que con la ayuda de Dios tenía la facultad de descifrar los sueños. Y así, pudo llegar ante Nabucodonosor e interpretarle el significado de una imagen que tenía la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies y los dedos de hierro y barro. Todos esos elementos representaban cuatro reinos que dominarían el mundo a partir de ese momento hasta la segunda venida de Jesucristo.


José y Daniel solo se limitaron a decodificar los sueños –pues ambas experiencias fueron vivida por dos monarcas en diferentes lugares y en diferentes épocas de la historia– y reveladas como profecías con la ayuda de Dios. En cambio, más adelante, otro personaje de la historia es protagonista de su propio sueño, y dicho sueño, sería comprobado cuatro siglos después, no por iluminados o videntes sino por investigadores y astrofísicos de la NASA. Este descubrimiento que aún no tiene un nombre definido, formula que, más allá de las galaxias, aparece una forma de energía que va restituyendo los vacíos dejados por la expansión del universo, tal como la describió el físico italiano del siglo XVII.


En 1610, Galileo Galilei, después de perfeccionar un telescopio que aumentaba treinta veces el tamaño de un cuerpo celeste, tuvo una experiencia onírica, que plasmó para la posteridad en una carta enviada a su amigo Johannes Kepler. En ese mágico viaje por el cosmos, Galileo aseguró que su telescopio se adentraba en la noche del universo. Dejaba atrás las espadas de Orión y las miríadas de pequeñas estrellas cuyas luces iban apagándose ya en los torbellinos del espacio. Llegaba por fin a una región de oscuridad absoluta: la noche en cuyo vientre se oscurecían las noches de todas las edades. De pronto, en una orilla de aquel cielo perdido, el telescopio divisó una estrella enorme y solitaria. Avanzó hacia ella. El espacio se tiñó de blanco. La luz era más intensa que la luz de mil soles. Duró poco. Muy rápido, la luz se desgarró y por la grieta fluyeron anillos, planetas, ríos de lava celeste. “Sentí que había asistido al nacimiento del mundo, que había visto la mano del Creador en el instante original. Luego, vi que la mano se retiraba e iba cerrando amorosamente las grietas de la luz”, explicó Galileo.


Hasta ahí había llegado mi relato para ilustrarle a Jeremías algunos de los sueños más famosos que recuerda la humanidad. Cuando eso ocurrió, ya le había arrancado dos tragos a la botella de whisky. El frasco con la etiqueta del indio, yacía transparente y recostada sobre una de las patas de la mesa.
–Entonces, hermano, ¿cómo se llama lo que vi, lo que acabo de contarle?
–Una revelación –contesté sin más argumento.


–¿Revelación? Eso suena como a curas, o evangélicos, ¿no? En mis setenta años solo he entrado dos veces en una iglesia. Cuando me bautizaron en Uribia en 1948, y ahora para bautizar a mi pequeña. Todavía no he terminado de contarte el sueño –dijo Jeremías, abanicando el sombrero sobre su rostro inundado de sudor.


–¿Hay algo más? –insistí.


–Sí. Hay algo más. Después que aquellos extraños terminaron de bajar los rescatados hacia un valle, parecía que hubiera terminado la película y empezara a la vez otra. Aparecieron tres hombres uniformados sobre un tanque de guerra. El que iba en el centro sobresalía más que los otros dos. Usaba boina negra y lentes oscuros. A pesar de llevarlos, se notaba que era un hombre ceñudo. Aparentaba como cincuenta años, tenía grietas en su tez blanca. El hombre miraba hacia adelante como si no viera nada. Iba rígido como si fuera todo de piedra. Sus compañeros adoptaban la misma postura. Fue una escena muy fugaz. De allí, mi visión saltó a otra parte. A un lugar desolado, sórdido como un basurero. Se veían troncos chamuscados y no se distinguían señales de casas en la distancia. De repente empezó a aparecer un enjambre de aviones verdes, tan delgados, como si fueran zancudos gigantes. Venían y volaban rasante desde el oeste hacia el este a velocidades de locura. De pronto, comenzaron a soltar desde el aire miles y miles de objetos, como hongos ondulantes, que hizo cambiar en el acto el color del cielo. Fue entonces –dice Jeremías– cuando comenzaron a aparecer miles de personas andrajosas, macilentas, con las manos implorantes al cielo como si acabaran de resucitar. Corrían desesperadas siguiendo el curso de las cosas que seguían lanzando desde los aviones. Nadie se quedó sin nada. Todos desgarraban con avidez las envolturas de papel para ver sus contenidos; era comida: ruedas de queso amarillo, en su mayoría.


Así terminó de contar Jeremías Ipuana su sueño. Para ese momento, había vaciado la botella de whisky y ahora, se hacía de una cava repleta de cerveza que tenía a sus pies. Ya estaba borracho. Pero pudo hacer un balance sucinto de su gestión como productor agrícola en la sierra de Cachirí: “Soy ya un hombre rico. De las treinta hectáreas que tengo, coseché este año quince de maíz, diez de yuca y cinco que destiné para sembrar pasto. Vendí quinientos sombreros y compré cuatro vacas paridas. Uno de mis hijos apareció, y me está ayudando a mantener la finca prospera y bonita. Espero trabajar la tierra diez años más, y después, me ocuparé de la crianza de Rosita y los otros hijos que vendrán. Moriré en el 2048, cuando llegue a los cien años. Así, me lo revelaron en un sueño.


Jeremías volvió a marcar una fecha en su destino, como si ya conociera el propósito que le deparara la rueda del tiempo. Sus ojos parpadeaban de cansancio, pero sus manos y su cuerpo mantenían una sobriedad inquebrantable.


– Dentro de treinta años moriré feliz… muy feliz –reafirmó su augurio con un brindis de espumosa–. Hermano, no hay mejor remedio para refrescar las tripas, que una cerveza fría. Bébete esta conmigo –remató, exhibiendo dos botellas con salpicaduras de hielo. No te preocupes por el calor, en un rato lloverá.


Faltaban diez para las cuatro de la tarde cuando accedí a la petición; el calor era asfixiante a pesar de hallarnos bajo un inmenso bohío descubierto. Jeremías me había reservado un chinchorro para disfrutar mejor la conversa. Él columpiaba en otro y el tedio originado por el calor parecía no afectarle en absoluto, al contario, pidió a su joven compañera que se acostara con él.


–Ven pequeña, quiero cantarte un jayeechi (canto épico de los wayuu) al oído.


La chica arrugó las cejas y devolvió la propuesta con una mirada de reproche, dijo algo entre dientes, pero terminó complaciéndolo. En esa particular manera de ofrecer serenatas dejé a Jeremías y me despedí de Raisa y Pericles después de darles las gracias por las consideraciones que me dieron. Un hermano de Raisa llamado Betulio, se ofreció para llevarme en un Jeep descapotado hacia Cuatro Bocas a quince minutos de allí.

Cuando salimos, el fragor de la fiesta continuaba invariable. Los ladridos del perro volvieron a escucharse, pero ahora se hallaba encadenado en la esquina contraria. A medida que el desplazamiento del rústico iba en aumento, soplaba una brisa que traía las primeras gotas de una lluvia perezosa. En el trayecto hacia la parada, más allá del sombrero que acababa de calarme para contener la llovizna que se desataba en pleno dominio del sol, mi mente recapitulaba y se introducía en cada escena del sueño, que ahora, corría en sentido contrario al desplazamiento del vehículo.

Marcelo Morán

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