Monzantg: Hoy eduqué a un taxista

Monzantg: Hoy eduqué a un taxista

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Al parecer, buena parte de los taxistas tiene esa forma de inciudadanía y descortesía común que consiste en no respetar el silencio ajeno. Y yo, por ejemplo, esa forma mía de guardar silencio frente a ellos.

Seguramente no entendió.

Quizá concluyó que un pasajero con un mal día fue tan maleducado como para no atender ninguna de sus interrupciones ni responder ninguna de sus preguntas, tan llenas de la noticia y la queja ruidosa del día, además.

Apenas dije buenos días tuvo algo que decir.

-Hace años no buscaba a nadie en esta casa. Será que todos compraron carro, dijo que pensó, y lo hizo con el tono del viejo amable y conversador.

-Sí, señor, le dije. Voy a Humanidades. ¿Cuánto es, señor?

Conté los diecisiete billetes de 100. Los volví a contar y, como siempre, los guardé en el bolsillo de la camisa para pagar justo al bajar.

Avanzamos unas cuadras. -Chico, cómo echó a perder esta gente la universidad. A los profesores. Todo.

Guardé silencio.

Entró por Zapara, llegó a la Prolongación Circunvalación y, al llegar al semáforo de la avenida 2, me pidió que le diera un golpecito, como los hombres, a esa esquina superior entre la puerta derecha y el parabrisas, el vidrio de adelante, para recomponer la tapicería rota.

Fingí que le daba dos golpecitos, suaves, como quien no puede.

-Pero Chico, te dije como los hombres. Rió un poco, casi encima de mi cara. -Dame un permisito… Viste. Así.

Había dormido poco y mis pensamientos estaban revueltos. El semáforo de la 2 cambió a verde, avanzamos unas cuadras. -El que lleva la cola es él, se quejó y cruzó a la derecha, como bravo, como quien busca llegar a uno de esos exitosos negocios privados tipo «Pare de Sufrir», al lado de la Paraíso.

Guardó silencio en todo el trayecto que va de la Paraíso al Maczul, en la avenida Universidad, aunque poco después de Delicias carraspeó fuerte, desaceleró, abrió la puerta y botó.

Apenas pasó el policía acostado a la entrada del Maczul -Ah, pero es que este está quedao, hablando consigo mismo.

Como pasajero de todos los días y sabiendo que pasan horas encerrados, y de arriba abajo, he notado que algunos taxistas necesitan escucharse y se narran el trayecto a sí mismos. Es como si así funcionara su gps mental. Lo hacen como para dictarse las coordenadas y hacer su mapa inmediato.

Casi todos, no todos, necesitan copiloto. Otros, gritan a la esposa por cel. Otros, muchos, la mayoría, imponen su mal gusto musical al pasajero. Los peores, escuchan esas emisoras de gritones marginalizados, marginalizantes, que, en nombre de una identidad y un gentilicio, con la excusa del humor y el calor de una ciudad, hacen del peor mal gusto, de la ofensa a la mujer y a la diversidad sexual, del grito y del ruido, su forma cotidiana de hacer radio. Vivientes del afuera. Quien encaja en el perfil del ruido, taxista, locutor, caminante o pasajero, es un karma para el ciudadano que preferiría aprovechar lo que queda de silencio y de mañana en algunas partes de la ciudad todavía a las 7 de la mañana.

Había estado escribiendo por cel. Mi cuerpo y mi ánimo van tan mortecinos, escribí, que solo salí de mi cueva para no empeorar el día. Si no iba a la facultad, tenía que soportar otro regaño electrónico del jefe del departamento. Si me quedaba en mi habitación, el reconcomio de ayer regurgitaba. -«En días como hoy es cuando la gente escapa», terminaba uno de mis mensajes.

Desde que pasamos el carro quedado frente al Maczul, el señor ya mantenía distancias y compostura. Iba en silencio. Manejaba tranquilo. Ahora tenía las maneras en su lugar.

-¿A la izquierda o a la derecha?, me preguntó solemne, para saber si iba por Ziruma o por Maicaíto.

-Al final a la izquierda, le respondí.

Frente a Petróleo cruzamos a la derecha. Al pasar frente a una de las canchas improvisadas entre el cují y la paja, -Y esos, ¿son estudiantes?

-No, le respondí.

-¿Cómo?, repreguntó en medio del ruido que hacía el Malibú del 80 y el viento sostenido del aire acondicionado que salía por una manguera que sobresalía, puesta ahí, como fuera de lugar, como improvisada.

-No, dije en tono más seco.

-Ah, disculpe, no volverá a suceder.

-No se preocupe.

-Avíseme dónde cruzo, por favor. Hablaba ahora con dignidad dolida.

Sí señor, fue todo lo que dije.

Cruzó como quien busca el gimnasio techado de la facultad. Desde antes de llegar al cruce, siempre miro la hilera de estudiantes que hacen esa caminería improvisada entre monte, tierra seca y basura. Hasta en la ausencia de estudiantes bellas se siente el peso del país.

-Siga derecho. Derecho. En ese descanso de la derecha, por favor.

Le entregué el dinero. Esperé que lo contara. Siempre espero que lo cuenten. Todo bien.

-Que esté muy bien, señor, le dije. Como pareció no escuchar, le repetí -Que pase buenos días, señor, que esté bien.

-Gracias, medio dijo.

Quizá lo único que aprendió es la próxima vez no atender la 5-04 del barrio.

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