Nerio Romero: Resultado del futuro

Nerio Romero: Resultado del futuro

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Ese día estaba en la intersección de la avenida Delicias con la calle 73 de Maracaibo, en uno de esos repetidos y agotadores recorridos en busca de productos esenciales que se han hecho obligatorios para quienes vivimos en Venezuela. Había estado en una de las esquinas, en la que visité  una gran farmacia: allí tampoco conseguí ninguno de los medicamentos que buscaba pero me alegré de conseguir agua embotellada, a precio estratosférico pero que lucía cristalina, lo cual es una modesta alegría en estos días en que nuestros grifos permanecen secos o dejan salir ocasionalmente agua de dudoso color. Y al atravesar la calle hacia la esquina diagonal me encontré en una venta de pollo en la que tuve esa vez la fortuna de encontrar algunas piezas en una presentación adecuada a nuestras necesidades domésticas aunque, eso sí, a precios que me obligaron a llevar a su límite la agobiada tarjeta de crédito que portaba.

 

Y mientras conversaba con los dependientes, cómo podría no hacerse tal cosa, sobre la aberrante relación entre el monto a pagar por aquellas modestas piezas de pollo y lo que gana cualquier ciudadano común y corriente (creo que sumaba el equivalente a una semana de salario mínimo, o a cuatro días de bono alimentario), mi atención se fijó en el edificio del frente, en el cual se encuentra actualmente un hotel, y me hizo recordar que allí estuvo mi primera residencia estudiantil a comienzos de los años setenta. Había también al lado de la mía una residencia femenina, y ambas casas fueron consolidadas en una sola construcción junto con la que ocupaba Tostadas El Aripo (donde solíamos desayunar los estudiantes con frecuencia en aquellos sarampionosos años) para servir de sede al hotel. La espera para pagar, mientras veía el hotel cuya fachada me permitía imaginar las respectivas siluetas de nuestras residencia y de El Aripo, me trasportó a 1973, cuando muchos jóvenes anduvimos en la calle protestando contra el derrocamiento de Salvador Allende en Chile. Recordé nuestro dolor, de motivación absolutamente noble, ante ese hecho, y la ansiedad con la que escuchábamos una radio de onda corta con la vana ilusión de que se confirmara que un general de apellido Pratt, leal a Allende, avanzaba hacia Santiago al frente de soldados, obreros y campesinos para desalojar del poder a los militares que habían consumado el golpe de estado. Eso era lo que se comentaba, con ribetes épicos, en los grupos y discursos de la izquierda universitaria, y constituía para nuestras almas juveniles la esperanza de que no se perdiera el proceso de transformación de Chile hacia el socialismo, que nosotros asociábamos con la esperanza de un futuro de justicia, y que deseábamos ardientemente también para nuestro país. Era una lucha, la veíamos así, del bien contra el mal, en la que unos justicieros venían a implantar la igualdad pero eran impedidos y asesinados por unos privilegiados que querían sostener la desigualdad y la explotación del hombre por el hombre. Así de simple. Hoy, a más de cuarenta años de distancia, sabemos al menos que la realidad de Chile fue en aquellos años mucho más compleja que eso y que entre otras cosas, aquel proceso revolucionario que se autoproclamaba democrático sometió a su propio país a la disgregadora influencia de Fidel Castro y lo arrojó irresponsablemente a la diabólica dinámica de la guerra fría.

 

Historiadores y analistas habrán escrito y continuarán escribiendo mucho sobre la dinámica y detalles de ese proceso político que terminó con un violento golpe de estado y una dictadura sangrienta. Pero para mí el más interesante, por lo que enseña, ha sido conocer los resultados que tuvieron en Chile la exagerada intervención del gobierno de Allende en la economía, y la política de expropiaciones dirigidas a cambiar el modelo de propiedad de los medios de producción: escasez, y colas para adquirir lo más esencial. Y bachaqueros, que allá se llamaron coleros. La conexión entre los recuerdos del conflicto de Chile antes del golpe de Pinochet y lo que estamos viviendo en Venezuela, es demasiado clara y demasiado triste. ¡Qué ironía! Qué iba a pensar yo en mi juventud universitaria, mientras protestaba en la calle y escuchaba con ansiedad las noticias radiales, que cuarenta años después estaría en ese mismo lugar en el rol de un ciudadano angustiado por no conseguir las cosas esenciales para la vida, condenado a gastar tanta energía en defenderse de la escasez y la inflación ocasionados por un proyecto político tan temerario y equivocado como el que encabezó entonces el presidente Allende.

Por: Nerio Enrique Romero

Médico y profesor universitario