Oscar Morales: Prioridades en la agenda gubernamental

Oscar Morales: Prioridades en la agenda gubernamental

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Los momentos políticos difícilmente se leen con exactitud al ritmo de los eventos. Interpretar en tiempo real suceso tras suceso con precisiones rigurosas es accidentado, más aún cuando la política se practica como un espectáculo trágico de convivencia colectiva. Pese a ello, es inevitable -como ciudadano común- hacer ejercicios comprensivos sobre la toma de decisiones del poder Ejecutivo.

Actualmente, vivimos episodios donde primero actuamos y luego comprendemos. Estamos sumergidos en diagnósticos equivocados porque los discursos están lejos de reducir las incertidumbres de cómo solucionar la crisis en todos los ámbitos y abruman con su desconexión de la realidad.  El relato oficial es un ‘mentir verdadero’ que confunde e imposibilita distinguir las prioridades en la agenda gubernamental.

A veces, se cree que persiguen la estabilidad del sistema político, pero no emprenden cambios creíbles. En otras oportunidades, se olfatea que pretenden la preservación del poder sin detenerse a revisar el marco jurídico-legal, pero los contiene una reserva moral democrática. Simultáneamente, dan señales que quieren servir al bien común, pero se desmorona sus gestos cuando se constata el hambre, la inseguridad y el colapso de los servicios públicos. Otras veces se intuye esfuerzos por darle coherencia a convocatorias con intenciones saludables, pero en menos de 24 horas abren otra herida con saña al cuerpo social y desploman su credibilidad.  Acto seguido, lanzan razones lógicas y decentes para resolver la crisis, pero al instante destruyen su alcance y buena disposición sin haber nacido. Al mismo tiempo, pudiera pensarse que su deseo es posicionar su proyecto político ad infinitum en la historia, pero se dieron cuenta que el proyecto originario no es de ellos y que su salvación depende de que alguno se atreva a ser el Martín Lutero que los lleve a la modernidad. Entonces, ¿cuál es la prioridad?

Hay muchas situaciones que revelan la pérdida de foco -o sencillamente irresponsabilidades meditadas- que generan impotencia y frustración. Por mencionar sólo una les dejo una ‘píldora económica’ que se niegan a digerir:  Venezuela hasta el 2027 tendrá que pagar 8 mil millones de dólares -en promedio anual- entre Bonos de la República y de PDVSA, lo que significaría destinar cada año un tercio de los ingresos petroleros  al servicio de la deuda, manteniéndose los precios actuales. De más está decir cuánto se compromete las finanzas de una nación con esta relación. Son variopintos los dilemas, sacrificios y encrucijadas que entrañarían si continuamos con este perfil de deuda. ¿Seguiremos pagando deuda por encima del hambre y la depresión económica? ¿Por qué no asimilamos que existe la necesidad impostergable de reestructurar la deuda?

Por lo pronto, se incendia el discurso, la calle y el país sin que sepamos a dónde nos llevará el naufragio, ni mucho menos cuál es la prioridad.

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