The Economist: Las raíces de la hiperinflación

The Economist: Las raíces de la hiperinflación

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Las raíces de la hiperinflación / Cincuenta y siete casos de inflación galopante han sido documentados. Ellos tienen patrones comunes

En un país donde la tasa de inflación anual está en cuatro dígitos, el mes anterior puede parecer una era de oro. La moneda de Venezuela, el bolívar, ha perdido el 99.9% de su valor en poco tiempo. Es difícil imaginar cómo un gobierno puede equivocarse tanto en su política económica cuando los efectos de la hiperinflación son tan graves. ¿Cuáles son sus causas?

Comencemos con una definición. En 1956, Phillip Cagan, un economista que trabajaba en la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos, publicó un estudio seminal sobre la hiperinflación, que definió como un período en el cual los precios aumentan más del 50% por mes. La hiperinflación es un fenómeno raro. Steve Hanke, de la Universidad Johns Hopkins y sus colegas, han documentado 57 casos, de los cuales Venezuela es el más reciente. A menudo, el telón de fondo es una revolución, una guerra o una transición política. El primer episodio registrado ocurrió entre 1795 y 1796, en la Francia revolucionaria. Hubo un grupo de hiperinflaciones en Europa después de la primera guerra mundial, especialmente en Alemania, y en la década de 1990 en los países afectados por la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, la guerra y la revolución no son siempre el escenario, como lo muestran los casos recientes de Venezuela y Zimbabwe.

Aunque cada episodio de hiperinflación tiene sus miserias únicas, existen patrones comunes. A menudo, la economía en cuestión presenta una debilidad crónica. Por lo general, es un problema fiscal subyacente. Puede haber presión sobre el presupuesto por, digamos, el costo de financiar una guerra, o los gastos de asistencia social o los saqueos de los funcionarios. Los ingresos fiscales pueden depender en gran medida de un solo producto básico. Con frecuencia, la moneda local está vinculada a una tasa sobrevalorada, que mantiene la inflación oculta por un tiempo, solo para que aparezca de repente. Los problemas comienzan con un “shock” en la economía. Podría ser una caída en los precios del petróleo, como en el caso de Venezuela, o una caída en la producción agrícola, como en el caso de Zimbabwe. El shock desencadena una cadena de eventos. Los ingresos fiscales se evaporan, dejando un agujero en las finanzas públicas. El gobierno lo llena imprimiendo dinero. El aumento en la oferta de dinero aumenta la inflación. Eso es suficientemente malo. Pero lo que acelera este proceso, convirtiendo un salto de los precios en hiperinflación, es el impacto de la inflación en los ingresos del gobierno. Debido a que los impuestos sobre el ingreso o las ventas generalmente se pagan después de que se acumulan, un período de alta inflación conduce a una caída en su valor real. Entonces el gobierno recurre nuevamente a la financiación de su déficit presupuestario imprimiendo más dinero. Eso produce aún más inflación, una carga impositiva aún más débil y nuevas rondas de creación de dinero. En algún momento, el tipo de cambio colapsa. El ascenso de la inflación rápidamente se vuelve explosivo, especialmente en países donde los salarios y los aumentos de precios están indexados.

Las hiperinflaciones no duran mucho. Terminan en una de dos maneras. Con la primera, el papel moneda se vuelve tan inútil que es reemplazado por una moneda fuerte. Esto es lo que sucedió en Zimbabwe a fines de 2008, cuando el dólar estadounidense se hizo cargo, en efecto. Los precios se estabilizarán, pero surgen otros problemas. El país pierde el control de su sistema bancario y su industria puede perder competitividad. Con la segunda, la hiperinflación termina a través de un programa de reforma fiscal. Esto generalmente implica un compromiso para controlar el presupuesto, una nueva emisión de billetes y una estabilización de la tasa de cambio, idealmente respaldada con préstamos extranjeros que inspiran confianza. Sin tal reforma, los líderes de Venezuela, aunque despreciativos de Estados Unidos, pueden encontrar que su pueblo se ve obligado eventualmente a adoptar su dólar de todos modos.

The Economist /  Traducción libre por David Morán B.