Vladimir Villegas: El periodismo y los callos del poder

Vladimir Villegas: El periodismo y los callos del poder

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El Correo del Orinoco circuló por primera vez en Angostura, hoy Ciudad Bolívar, el   27 de junio de 1818, hace exactamente dos siglos por iniciativa de Simón Bolívar, como herramienta comunicacional en la lucha por la independencia, y con la idea de enfrentar a la llamada Gaceta de Caracas, órgano al servicio de los realistas. El Libertador entendía el rol del periodismo y definió a la prensa como “la artillería del pensamiento”.

Al fin y al cabo se trataba de una guerra y era impensable menospreciar el rol de un medio de comunicación que diera la batalla de las ideas contra los enemigos de la causa patriota. El Libertador tenía clara la misión de ese medio impreso. Entre otras la de ser un “educador de masas”  y un “fiscal  de la moral pública”, así como un promotor de virtudes ciudadanas.

En 1964, el luchador social y periodista Guillermo García Ponce, en ese entonces preso político en el Cuartel San Carlos, y dirigente del PCV, propuso a la Asociación Venezolana de Periodistas, precursora del actual Colegio Nacional de Periodistas, que, en homenaje al rol del Correo del Orinoco en la causa libertaria, se instituyera el 27 de Junio como Día del Periodista.

Y desde entonces así ha venido siendo. Y cada vez que llegamos a esa fecha es oportuno pasar revista a las condiciones en las cuales se ejerce la profesión en nuestro país. No ha habido en el pasado ni hay hoy plena libertad de expresión en Venezuela. Largas y duras ha sido las luchas de los periodistas a lo largo de nuestra historia. El gremio ha chocado con la intolerancia a la crítica y a la denuncia durante distintos gobiernos, tanto en dictadura como en democracia.

Esta es una profesión condenada a pisar callos, a poner el dedo en la llaga, a confrontar el poder en cualquiera de sus presentaciones. Y en tiempos de autoritarismo se complica la misión.

Por supuesto que en tiempo de dictaduras la censura se ha hecho evidente y no disimula a la hora de enseñar sus colmillos. Es larga también la lista de periodistas que fueron a parar con sus huesos a las cárceles, o que sufrieron palizas, persecuciones, juicios, despidos, vetos y otra represalias por atreverse a publicar lo que no se debe saber, a denunciar a quien metía o mete las manos en el presupuesto nacional, a quien abusaba o abusa de su poder para amordazar la libertad de expresión. Pero también otros factores de poder, como el religioso, el económico y el militar, por citar algunos, han hecho valer su peso a la hora de impedir que alguna verdad a la cual tiene derecho a acceder la ciudadanía se sepa con pelos y señales. Hay suficiente tela que cortar con respecto al trato que se le dio en la llamada democracia representativa al periodismo.

No voy a decir que en el pasado había plena libertad de expresión, porque sería mentir. Incluso junto a colegas que hoy están en el gobierno y en la oposición participé de luchas por la reforma a la Ley de Ejercicio del Periodismo, contra la censura que se vivió durante la coyuntura que se extendió desde el 27 de febrero de 1989 y los golpes o insurrecciones militares de febrero y noviembre de 1992. Pero en este tiempo tampoco la hemos tenido. Y, por el contrario se ha agravado la censura,  se ha hecho práctica común la agresión física contra periodistas, bien sea por funcionarios militares y policiales, o por bandas armadas identificadas con el gobierno.

Lástima que la absoluta mayoría de colegas que ayer se enfrentaban a la censura y a las presiones y  hoy tienen posturas oficialistas prefieran guardar silencio o  incluso mentir sobre esta terrible realidad. En estos convulsos tiempos los periodistas y los medios tienen que hacer frente a dificultades como amenazas veladas o directas por parte de figuras poderosas. En el caso de los medios audiovisuales, se ha utilizado la no renovación de las concesiones de funcionamiento como mecanismo de extorsión para evitar la crítica, la denuncia y en general el pleno ejercicio de la libertad de expresión e información. A eso se le suma, por ejemplo, la discrecionalidad en la asignación de oportunidades para la adquisición del “papel periódico”. No pocos medios ha cerrado sus puertas por esta causa.

Medios y periodistas estamos conscientes del estado de fragilidad, inseguridad e incertidumbre en el cual toca ejercer hoy la noble función de informar y el sagrado deber de opinar, de denunciar lo que no está bien o lo que constituye delito. La debilidad institucional que hoy padecemos es la principal amenaza contra el periodismo. Hoy nuestra profesión, además, sufre también los efectos de la hiperinflación. No hay salario por muy bueno que sea que le aguante sus embates. Y, por la misma causa,  las empresas también trastabillan. Algunas no aguantan la mecha y terminan tirando la toalla.

Para colmo de males, el servicio de internet en nuestro país nos coloca a la cola en el mundo, después de haber sido punteros. Además de la lentitud en el servicio, algunos medios electrónicos
vienen denunciando ser víctimas de bloqueos deliberados. A la par de esto, ningún medio, salvo los oficialistas, está a salvo de los llamados procedimientos administrativos por parte de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel). La ley se le aplica a medios privados, pero desde los medios públicos la vulgaridad, las amenazas, el uso de niños en actividades políticas, la discriminación y otras conductas “revolucionarias” tienen paso libre. Todos somos iguales, pero unos son  más iguales que otros.

En medio de este cuadro, con todo y lo complejo que es, no me arrepiento para nada de haber escogido esta profesión, hoy sometida a similares e incluso peores actitudes  autoritarias que las padecidas en el pasado reciente,  por parte de quienes ejercen el poder y ven en los periodistas a un enemigo peligroso. Vendrán tiempos mejores para el periodismo y también para el país. No me cabe duda de eso.

@Vladi_VillegasP